Meritxell García Roig es escritora, formadora y creativa neurodivergente (AACC, AuDHD, PAS). Sus libros de crecimiento personal con estilo íntimo, vulnerable y práctico son la culminación de procesos de introspección y antropología interior que ven la luz para ayudar a los demás a hacer su propio camino. Acompaña terapéuticamente a personas creativas, neurodivergentes y empáticas. En la comunidad ‘Sin vergüenza’, de Substack, comparte reflexiones, consejos y pequeñas píldoras de la vida diaria que acercan a las personas entre sí. Es profesora de Escritura Terapéutica y Escritura Creativa. Es coach por la International Coaching Federation (ICF), experta en empatía (Empathic Intervision) y coach de nutrición integrativa por el Instituto de Nutrición Integrativa de Nueva York (IIN). Es autora de los libros: ‘100 gotas de empatía’ (Amazon, 2024), ‘La fuerza de ser altamente sensible’ (Grijalbo, 2022), ‘El arte de la empatía’ (Amat, 2019) y el libro infantil ‘En tus zapatos’ (La Galera, 2021). Sus obras se han traducido al árabe, al portugués y al búlgaro.

Pregunta: ¿En qué momento te diste cuenta de que la vergüenza estaba condicionando tu vida?
Meritxell García: Imagínate un sábado por la tarde. Tengo unas entradas para el teatro para ver Mi vergüenza y yo. Salgo de allí pensando: tengo mucha vergüenza y no lo sabía. Y decido empezar a escribir, documentar cada situación en la que siento vergüenza. Cuando llevo treinta páginas en pocos días, entiendo que la vergüenza juega un papel central en mi vida. Repasaba mi infancia, adolescencia y vida adulta y me daba cuenta de todo lo que había dejado de hacer por mi vergüenza: me callaba aun teniendo algo que decir, no canté nunca en el grupo de rock del instituto, aunque me moría de ganas, no hablaba con alguien que me daba curiosidad por no ser inadecuada o durante años no llevé pantalones cortos porque mi cuerpo era una fuente inagotable de vergüenza. Había varios temas que se repetían como motor de mi vergüenza: el cuerpo, la inadecuación, la sensación de no ser como los demás, la validación externa, el “nunca es suficiente” del síndrome de la impostora.
P.: Hablas de autenticidad. ¿Por qué ser uno mismo puede generar tanto miedo?
M.G.: Porque no hay guía ni modelo alguno para ser uno mismo. Cuando miras alrededor no hay nadie que sea como tú, y tendemos a copiar, a coger de otros las piezas que nos gustaría tener, evitando ser el diferente y el rechazo. La vergüenza te ata bien fuerte en un espacio en el que no puede salir tu auténtico yo. La mente nos lanza un discurso casi de peligro, como si ser tú misma fuera lanzarte al abismo. Todos tenemos un personaje: nos cambia la voz, el tono, medimos las palabras. Es muy fácil ponerse la máscara para no desentonar. Lo difícil es que, cuando llevas toda la vida con ella, ya no distingues quién eres tú y qué es el personaje.
P.: El cuerpo ocupa un lugar importante en el libro. ¿Qué papel juega la imagen corporal en la construcción de la vergüenza?

M.G.: Si me dieran un euro por cada vez que me he machacado por dentro por mi aspecto físico, ahora mismo sería millonaria. El cuerpo es el primero que siente y el primero que se ve. Los demás ven antes tu cara que tu carisma. Las normas sociales nos han hecho creer que los cuerpos deben encajar en un canon, en una talla. Y cuando no encajas, para no sentir vergüenza te machacas tú misma. La vergüenza corporal es muy visible. Yo, por ejemplo, durante mucho tiempo viví mis piernas como un problema, como algo que minaba mi autoestima. Hoy las amo, pero durante años fueron un campo de batalla.
P.: ¿Cómo afecta la vergüenza a nuestras relaciones afectivas y de pareja?
M.G.: Nos escondemos. La vergüenza funciona a través del silencio: callar, no compartir. En el momento en que dices en voz alta aquello que te da vergüenza, pierde fuerza. Pero la propia vergüenza no te deja hacerlo, porque crees que te van a juzgar o dejar de querer. Por eso es tan importante el espacio seguro: esa persona con la que sabes que puedes compartir sin miedo. Cuando no existe ese espacio, empezamos a recortar lo que mostramos. Y eso afecta a las relaciones, porque levanta una barrera que te protege, pero también te aísla.
P.: Muchas mujeres viven con el síndrome de la impostora. ¿Qué relación tiene con la vergüenza?
M.G.: El síndrome de la impostora es la forma que tiene la vergüenza de disfrazarse de discurso lógico. Te construyes un sistema en el que creer que no eres suficiente parece razonable. A mí me pasaba: pensaba que en algún momento descubrirían que no sé escribir, que retirarían mis libros. Lo escribo y parece absurdo, pero en mi mente era real. La vergüenza te mantiene en una “jaula de oro”, con una falsa sensación de seguridad. Lo más fácil es esconderse, pensar que no puedes o que no debes.

P.: ¿Por qué la vergüenza se debilita cuando se comparte?
M.G.: La vergüenza vive en el silencio, en el discurso interno. Muchas veces tiene un discurso limitador y cuando lo dices en voz alta te das cuenta de que no es tan sólido como parecía. Has creado esa creencia de que no puedes o no eres suficiente con una muestra muy reducida de experiencias. Cuando lo compartes, necesitas perspectiva y te das cuenta de que no siempre es verdad. La vulnerabilidad es el antídoto a la vergüenza: al sacarla a la luz, pierde fuerza.





























































































































































































































