Cristina Ouviña se despide de Valencia Basket: once títulos, una vida y una familia para siempre

La base zaragozana cierra seis temporadas históricas de taronja, con 11 títulos y 207 partidos, dejando un legado que trasciende la cancha y la convierte en uno de los grandes referentes deportivos y humanos del club

Cris entre Solá y Carbonell, arropada por sus trofeos /Photo VBC. MA Polo

Hay despedidas que sirven para cerrar una etapa y otras que, en realidad, consagran definitivamente una leyenda. La de Cristina Ouviña pertenece a las segundas.

El Roig Arena abrió sus puertas este lunes para decir adiós a una de las jugadoras fundamentales para entender la transformación de Valencia Basket y el nacimiento de su gran ciclo triunfal. Pero despedir a Ouviña significa mucho más que despedir a una base extraordinaria, a una campeona o a una de las mejores jugadoras que ha vestido la camiseta taronja.

Se marcha una referente. Una mujer que ayudó a cambiar la historia deportiva del club y que, al mismo tiempo, dejó una huella profunda en quienes compartieron con ella un vestuario, una oficina, una grada o simplemente unos minutos de conversación.

Cristina Ouviña llegó a Valencia en 2020 buscando regresar a España, acercarse a los suyos y encontrar un lugar donde volver a echar raíces después de ocho años recorriendo algunas de las grandes ligas del baloncesto europeo.

Seis años después se marcha diciendo que Valencia le ha dado “más que una carrera deportiva”. Y probablemente ahí esté la mejor manera de resumir su historia.

Once títulos para construir la edad de oro taronja

Los números permiten medir una parte de la dimensión deportiva de Cristina Ouviña.

Durante sus seis temporadas en Valencia Basket disputó 207 partidos y conquistó 11 títulos colectivos, además de recibir tres reconocimientos individuales. Su nombre aparece en lugares privilegiados de prácticamente todas las grandes estadísticas históricas del equipo.

Es la segunda máxima asistente del club, con 826 asistencias; segunda en recuperaciones, con 362 robos; cuarta jugadora con más partidos disputados, quinta máxima anotadora, con 1.380 puntos; quinta reboteadora, con 631 capturas, y quinta en triples convertidos, con 156.

Pero existe otra estadística todavía más importante: Cristina Ouviña estuvo allí cuando Valencia Basket aprendió a ganar.

Formó parte de la generación que abrió las puertas de la historia con aquella inolvidable EuroCup de 2021, conquistada todavía bajo los últimos coletazos de la pandemia. Después llegaron cuatro Ligas, dos Copas de la Reina, tres Supercopas y una SuperCup Women.

Once títulos que explican la dimensión de una época. Ouviña no llegó a un equipo acostumbrado a levantar trofeos. Ayudó a construirlo.

Una carrera que comenzó en Zaragoza y recorrió Europa

La historia de Cristina Ouviña con el baloncesto había comenzado mucho antes. La niña zaragozana que empezó a jugar siguiendo el ejemplo de sus primas pasó por Basket Lupus y CN Helios antes de alcanzar la élite con apenas 17 años en el Mann Filter de Zaragoza.

Después llegó Europa. Polonia y el Wisla, Rusia con el Nadezhda, Francia defendiendo los colores del Bourges y la República Checa con el USK Praha fueron construyendo a una jugadora cada vez más completa.

Aquella base rápida, intensa y extraordinaria defensora fue creciendo a través de diferentes culturas, vestuarios y maneras de entender el juego.

Ganó ligas en Polonia, Francia y la República Checa antes de regresar a España.

Y también escribió una brillante trayectoria con la selección española. Fue 114 veces internacional y conquistó dos Eurobasket, en 2013 y 2019, la plata europea de 2023 y el bronce en el Mundial de 2018. Cuando llegó a Valencia ya era una gran jugadora. Cuando se marcha, es una leyenda.

“Tu mayor valor son tus valores”

El acto de despedida dejó claro que el verdadero legado de Ouviña no cabe en una vitrina.

Compañeras, amigos, trabajadores del club y familiares quisieron acompañarla mediante mensajes que fueron dibujando el retrato de la persona que existía detrás de la jugadora.

Raquel Carrera le agradeció todo lo que había significado para ella y para Valencia Basket. Marie Gülich recordó cuánto le había inspirado su manera de jugar antes de confesarle algo tan sencillo como significativo: “Eres mi base favorita”.

Nadia Fingall y Elena Salcedo destacaron su condición de referente para tantas niñas y el privilegio de poder considerarla amiga y familia. Cierra Burdick agradeció haber tenido la oportunidad de compartir pista con ella.

También Sergio de Larrea quiso sumarse al homenaje, destacando su legado como deportista, pero especialmente “la persona y madre que eres”.

Entre todos los mensajes hubo una frase capaz de resumirlos prácticamente todos. La pronunció Julia Cerrillo, fisioterapeuta del equipo y una de las personas fundamentales para Ouviña en sus momentos más difíciles:

“Tu mayor valor son tus valores”.

Mucho más que una jugadora para Valencia Basket

Víctor Luengo, director institucional del club, puso voz al agradecimiento de Valencia Basket.

Le agradeció haberse dejado la piel en cada partido, pero quiso detenerse especialmente en aquello que Ouviña había construido lejos del marcador.

Su naturalidad. Su cercanía. Su capacidad para derribar las barreras entre jugadores y trabajadores. Su compromiso con un proyecto a largo plazo.

Y, especialmente, su ejemplo como mujer y como madre.

Porque una parte esencial del legado de Cristina Ouviña nació precisamente cuando el baloncesto dejó temporalmente de ser lo más importante.

La maternidad como parte de su legado

Desde finales de 2024 hasta finales de 2025, Cristina Ouviña estuvo de baja por maternidad.

Su regreso a las pistas terminó convertido en uno de los capítulos más hermosos de su carrera. Volvió sin prisas, sin presiones y acompañada por un club que puso a su disposición los medios necesarios para que pudiera recuperar su condición de deportista de élite respetando sus tiempos.

Y volvió para ganar.

Con su hijo Julen ya formando parte inseparable de su nueva vida, Ouviña regresó para ayudar a Valencia Basket a conquistar la Copa de la Reina y la Liga Endesa de 2026.

Su historia se convirtió entonces en algo mucho mayor que una recuperación deportiva.

Cristina Ouviña demostró sobre la cancha que ser madre y continuar siendo deportista de élite no son caminos incompatibles cuando existen voluntad, estructuras y un entorno dispuesto a convertir la igualdad en hechos.

“En todo momento me he sentido arropada y tranquila. Hemos tenido los medios para que pudiera volver a las pistas en las mejores condiciones, sin forzar nada”, recordó emocionada.

Por eso quiso agradecer especialmente a Juan Roig y Hortensia Herrero su apuesta por el baloncesto femenino y por haber convertido esa igualdad en una realidad. “Me habéis cambiado la vida”, les dijo.

Las lágrimas de una despedida imposible

Cristina Ouviña había llorado prácticamente desde el comienzo del acto.

Cuando llegó el momento de hablar, las emociones terminaron imponiéndose.

“Cada vez que he querido escribir mi despedida me he dado cuenta de lo difícil que es despedirse de algo que ha sido tan especial”.

Recordó su llegada después de ocho años en el extranjero. Quería regresar a España, estar más cerca de su gente y continuar jugando al baloncesto. Entonces apareció Valencia Basket y encontró algo que quizá no esperaba: un proyecto ambicioso construido alrededor de buenas personas.

Tuvo palabras para Esteban Albert, para Rubén Burgos, para sus entrenadores, sus compañeras y para todos los trabajadores que durante seis temporadas hicieron posible que su única preocupación pudiera ser entrenar y competir.

De Burgos recordó especialmente su dimensión humana. “En algunos de los momentos duros encontré una persona muy cercana, humana y dispuesta a ayudarme”.

También recordó los días difíciles de la pandemia y el esfuerzo realizado entonces por Valencia Basket para mantener vivo el proyecto. De aquella resistencia terminó naciendo la primera EuroCup, el título que abrió definitivamente las puertas de la gran era triunfal taronja.

Y habló también de quienes trabajan lejos de las cámaras. De las personas que nunca aparecen en las fotografías de los títulos, pero que forman parte de todos ellos. A todas les dio las gracias.

Una carrera atravesada también por los momentos difíciles

Los seis años de Cristina Ouviña en Valencia no fueron únicamente una sucesión de victorias.

Hubo una pandemia que alteró el mundo y aplazó los Juegos Olímpicos de Tokio. Hubo lesiones, derrotas, incertidumbres y momentos personales complicados. Hubo también una etapa en la que tuvo que atender y cuidar su salud mental.

Ouviña nunca escondió que el deporte de élite también tiene una parte invisible.

En esos momentos encontró personas capaces de sostenerla. Entre ellas, Julia Cerrillo, a quien definió como “el muro” que evitó que se derrumbara cuando atravesó algunos de sus momentos más bajos. Ese reconocimiento forma también parte de su legado.

Porque la historia de Cristina Ouviña habla de ganar, pero también de caer, pedir ayuda, levantarse y continuar.

De Borobia a Valencia, una familia cada vez más grande

Desde Borobia, el pueblo de su familia, llegaron también mensajes de orgullo y admiración.

Pero ninguno podía competir emocionalmente con el enviado por su marido, Julen, que apareció con el pequeño Julen en brazos.

“Estamos orgullosísimos de toda tu carrera, de lo que has conseguido, de lo que has superado y de la familia que hemos formado”.

Después llegó la frase que hizo sonreír entre las lágrimas. Además de todos los títulos, juntos habían hecho “a este bicho”.

A su hijo. El trofeo más importante de todos.

“Llegué sola a Valencia y me voy con una familia”

Antes de terminar, Cristina Ouviña miró hacia la grada. También allí estaba una parte fundamental de su historia.

Agradeció a la afición haberla acompañado en las victorias, pero especialmente cuando las cosas no fueron bien. Agradeció las conversaciones, el cariño y esa cercanía que durante seis años convirtió a Valencia en algo mucho más parecido a un hogar que a una simple ciudad en la que jugar al baloncesto.

También tuvo palabras para los periodistas que habían seguido su carrera, agradeciendo que estuvieran “al pie del cañón” y que supieran respetar siempre la dimensión humana que existe detrás de una deportista.

Y entonces llegó la verdadera despedida. La que explica por qué Cristina Ouviña ha sido mucho más que una jugadora de Valencia Basket.

“Lo más importante no son los títulos ni lo bien que se come en Valencia, sino la familia que he creado. He hecho familia entre los aficionados y dentro del club. Llegué sola a Valencia y me voy con una familia. He crecido como persona”.

Seis años antes había llegado buscando un lugar donde volver a echar raíces. Lo encontró. “Valencia Basket me ha dado más que una carrera deportiva. Nunca hubiera pensado que me iba a despedir con una familia formada. Valencia siempre será mi casa”.

Después llegaron una camiseta y un cuadro conmemorativo. Pero ningún objeto puede contener seis años como estos.

Cristina Ouviña se marcha con 11 títulos bajo el brazo, aunque su verdadero legado permanecerá en otro lugar: en las compañeras a las que ayudó, en los trabajadores a los que trató siempre como iguales, en la afición que la convirtió en una de las suyas y en todas aquellas niñas que alguna vez la vieron jugar y comprendieron que también ellas podían llegar hasta allí.

Su futuro profesional queda abierto. En su despedida no pronunció la palabra retirada. Lo que sí termina es una etapa irrepetible.

La de una base que llegó a Valencia para jugar al baloncesto y acabó ayudando a construir la mejor época de la historia del club.

Una campeona que ganó once títulos. Una madre que regresó para volver a ser campeona. Una referente que hizo de la cercanía una forma de liderazgo.

Cristina Ouviña se despide de las canchas de Valencia Basket. La leyenda, en cambio, se queda.

Amunt Valencia.

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