Ruralismo vs industrialismo

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Leo continuos comentarios sobre la necesidad de conservar la huerta que queda en Alboraya y otros municipios del norte de Valencia y en los alrededores restantes de la capital.

Recuerdo -porque entonces vivía en Alboraya- que el cambio radical hacia la proliferación desbocada de bloques de viviendas hacinadas sobre calles estrechas comenzó en la segunda mitad de los años setenta. Respondería al plan urbanístico que existía en esa época -si es que había- o a lo permitido por las autoridades provinciales y regionales.

En cualquier caso, no creo que nadie obligase a los labradores y propietarios de los terrenos de cultivo y sus herederos a reconvertirlos en solares para la edificación.

Entonces, ¿quiénes son los culpables -si hay que buscar- de que la huerta prácticamente haya mutado el municipio a un barrio de Valencia? Todos, absolutamente todos o casi todos: fue una decisión libre, voluntaria y colectiva.

Sin embargo a muchos les desagrada y alarma en qué se han convertido y cómo han quedado sus pueblos, ahora, cuando ven el resultado del progreso, la industrialización, la proliferación de nuevas vías de comunicación…, necesarias cuando se hacen grandes las capitales de provincia y son un reclamo para más habitantes, que huyen del campo para asegurarse una vida urbanita que creen más aseada y próspera.

Pero la prosperidad, como todo, tiene su precio ineludible y algún inconveniente tienen que tener los cambios; la perfección no existe y nunca llueve al gusto de todos. Sin embargo, económicamente, bien les vino a los labradores, propietarios de las tierras rústicas el cambio a urbanizables y mucho mejor a aquellos que se han convertido en todos estos años del bum inmobiliario en promotores y constructores.

Alboraya_peixets_marenostrum¿El cambio dirige a Alboraya hacia el fin de su existencia como un pueblo independiente del ayuntamiento de Valencia? Probablemente. Es el precio: Alboraya será con seguridad una barriada, como ocurrió con Carabanchel, que pasó de ser el pueblo de labradores donde cultivaban buenos garbanzos -Carabanchel viene de garbanzal- a un gran barrio de Madrid.

Es el dedo en la llaga, pero es el futuro que han querido los vecinos de Alboraya, de Tavernes…, y Valencia.

En mi opinión, en esas circunstancias, será en muchos sentidos mejor para Alboraya. Además, lo que fue inercia va a toda máquina y es imparable nos pongamos como nos pongamos.

Voy a enfrentar lo que pasa en Alboraya y Valencia con la situación en Castilla y León.

Vivo desde hace muchos años en Arenas de San Pedro, en el valle del río Tiétar, la vertiente sur de la sierra de Gredos, provincia de Ávila, a pocos kilómetros de la otra Castilla y Extremadura; muy cerca de Talavera de la Reina (Toledo).

Pues mal: en nuestra comarca y en toda Castilla y León, salvo en Valladolid capital y poco más en la ciudad de Palencia, el resto de la región es sólo campo; únicamente rural; únicamente agrícola; únicamente ganadera; únicamente turístico rural, y únicamente sector servicios y funcionarios. Tenemos grandes extensiones de terreno; preciosas montañas, riscos, nevadas en las cumbres, humedales en los valles, bosques de pinares y otras especies de árboles y plantas, zorros, corzos, jabalíes, ciervos, lobos…, unas cuantas granjas de vacas -cada día menos-, unos cuantos rebaños de ovejas y cabras -cada día menos-, grandes llanuras de mesetas altas sobre el nivel del mar, muy frías en invierno y muy calurosas en verano, generalmente resecas. Se salvan la producción de vinos, alguna multinacional de lácteos y derivados, algo de agroalimentación, ocasionalmente el porcino y los cereales, y poco más. También hubo mucho carbón en León pero las minas se están agotando o hay que profundizar mucho o por la razón que sea ya no es rentable y el tinglado se mantiene artificialmente por el esfuerzo económico de los españoles.

Muy bonito…, muy bucólico, pero kilómetros y kilómetros de nada; kilómetros y kilómetros sin nadie. Donde no se produce nada industrial porque todo está limitado por las restricciones medioambientales; todo son muros administrativos casi insalvables y prohibiciones (en la provincia de Ávila sólo hay dos fábricas pequeñas dignas de este nombre, y una, la de furgones y camionetas Nissan, está en una situación muy complicada, con sucesivos expedientes de regulación de empleo y reducciones de plantilla que vive apenas de las ayudas estatales). Es así para no alterar el ecosistema del campo y los animales silvestres: no se permiten las fábricas de cualquier cosa pero queremos los mismos servicios de las grandes ciudades; queremos hospitales, escuelas, bibliotecas, museos, teatros y cines y universidades como las de Madrid y Valencia. Tenemos muchos edificios históricos e iglesias y catedrales, pero no tenemos apenas población juvenil porque los jóvenes emigran a las grandes capitales como Madrid y Valencia, ya que en el ámbito rural y agrario únicamente hay empleo de temporada y mal remunerado (en los montes sólo los brigadistas para los incendios del verano y un puñado de funcionarios vigilantes el resto de las estaciones). Bueno, tenemos mucha población anciana y las capitales de provincia de toda España con la media de edad más alta, junto con Galicia, y mucho terreno -como he dicho antes-, que subsiste o no por las subvenciones de la PAC y otras que vienen desde Madrid.

Tenemos en las Castillas, en el ámbito rural, unas pocas vacas y otros animales, que valen menos, sumando costes de producción, que el precio del derecho a tenerlos, según está regulado por las leyes de Castilla y León, las de España y las de Europa, como ocurre con los taxis de Madrid; tenemos cultivos que por la misma razón hemos visto sembrar y dejarse pudrir y secar sin recolectar por carecer de salida comercial. Tienen en las Castillas lo que han querido los castellanos y las migajas que nos dejaron los europeos a cambio de aceptarnos en su club.

Aquí el único futuro laboral que queda en el ámbito rural es, si acaso, el negocio de las residencias de ancianos, los bares, un puñado de alojamientos rurales, quizá un día vuelva la construcción de casas de campo y urbanizaciones para que vengan turistas en Agosto y Semana Santa, dos pequeños períodos al año, y, en todo caso, el de enterrador. Los gobernantes piensan que las personas salen a la puerta de su casa, miran la sierra, se dicen ¡qué bonito!, y ya han comido. Y con eso, -dicen que- quieren que se establezcan nuevas familias de jóvenes con hijos que aseguren el futuro de las dos comunidades autónomas castellanas.

Es el neoruralismo. ¿Es esto lo que quieren los defensores de la huerta del norte de Valencia? Porque en España no se sabe hacer de otra manera y en Europa no se quiere.

Vicente de Alejandro | Gestor de empleo

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