Ídolos

Jesús Gimeno Ciudadanos Moncada

El fútbol ya no es solo fútbol. Lo sabemos todos. Cada vez que un jugador levanta una camiseta o dice una frase en una rueda de prensa, estamos viendo algo que va más allá del deporte: identidad, pertenencia, política. Todo mezclado en noventa minutos.

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La última polémica lo ha vuelto a poner sobre la mesa. Varios futbolistas del Real Madrid aparecieron con una camiseta en apoyo a Ceuta y, casi de inmediato, surgió la discusión: ¿fue un gesto deliberadamente incompleto? ¿Tuvo intención política? No lo sabemos, y quizá no importe tanto. Lo interesante es otra pregunta: ¿pueden los ídolos deportivos desvincularse de las consecuencias políticas de lo que hacen?

La palabra ídolo esconde una trampa. Cuando idolatramos a un futbolista, no admiramos solo su talento: proyectamos sobre él valentía, liderazgo, ejemplaridad, identidad. Lo convertimos en un símbolo. Y un símbolo, quieras o no, habla por ti. Es lo que el sociólogo William Thomas resumió con una frase perfecta: las cosas no son como son, sino como son percibidas. Da igual lo que el jugador quiso decir; lo que cuenta es cómo lo lee la sociedad.

Y ahí está el problema. Exigimos a los futbolistas que sean, al mismo tiempo, personas normales y monumentos públicos. Queremos que tengan libertad para expresarse, pero en cuanto lo hacen, interpretamos cada gesto como una declaración política. Les pedimos compromiso cuando coincide con lo que nosotros pensamos y neutralidad cuando no. Es una exigencia imposible.

George Lakoff, politólogo estadounidense, lo explica bien: la gente no se mueve por datos, sino por emociones, identidad y valores. Y el deporte es una de las máquinas emocionales más potentes que existen. Cuando un futbolista activa esos resortes, su gesto deja de ser inocente: se convierte en un acto político, le guste o no.

El caso del jugador del Real Betis, Abde, que ha recibido amenazas por mostrar su apoyo a Ceuta es escalofriante. Aquí ya no hablamos de interpretaciones: hablamos de alguien que recibe amenazas por expresar una opinión. Eso no es deporte ni política: es intimidación. En una democracia sana, el pluralismo no significa que todos pensemos igual, sino que podamos pensar diferente sin miedo a represalias.

Hay además un componente identitario. Cuando un jugador de origen marroquí manifiesta su apoyo a Ceuta, la polémica se enciende más. ¿Por qué? Porque rompe las expectativas de quienes creen que el origen de una persona debería determinar lo que puede pensar. La identidad no debería ser una prisión mental que nos dicte qué podemos defender.

Es cierto que el deporte siempre ha construido identidades. Selecciones, clubes, himnos, bufandas: todo eso genera emociones colectivas que a veces rivalizan con las de la política. Pedir que desaparezca sería ingenuo.

La pregunta no es, por tanto, si el deporte contiene mensajes políticos. Los contiene y los ha contenido siempre. La pregunta de verdad es otra: ¿qué hacemos cuando aparecen? Tenemos dos opciones. Podemos exigir a los ídolos que se callen, que sean marionetas que juegan y callan. O podemos aceptar que detrás de cada camiseta hay una persona con derecho a pensar. Podemos discrepar de ella, rebatirla, incluso indignarnos. Pero lo que no deberíamos hacer nunca es normalizar la amenaza como respuesta.

Quizá el problema de los ídolos no es que hablen demasiado. Quizá es que nosotros esperamos demasiado de ellos. Cuando convertimos a una persona en un símbolo, corremos el riesgo de olvidar algo muy simple: que sigue siendo una persona.

Jesús Gimeno | Politólogo y concejal Ayuntamiento de Moncada por Ciudadanos | @jgimenocs ]

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