En ‘Abril o nunca’, la nueva novela de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), hay algo claro desde el principio: no es una historia que deje indiferente. “Me lo tomo como un cumplido: producir emociones”, comenta al hablar del libro. En él, Daniel necesita regresar a la cala de los Amarillos, en Benidorm, al momento previo a la pérdida, cuando Teresa, su hija, aún ocupa el asiento del copiloto. Bárcena hilvana un relato preciso sobre la memoria, el duelo y la manera en que construimos el sentido de lo vivido.
“Es verdad que es un libro duro”, reconoce, aunque matiza enseguida: “tampoco me recreo tanto en la muerte”. La pérdida está ahí, como él mismo dice, “latiendo”. No ocupa el primer plano, pero marca toda la historia. Lo que le interesaba era precisamente eso: “ver qué pasa con el duelo y con la experiencia del tiempo”.
Ese es uno de los ejes de la novela: cómo vivimos ese tiempo marcado por el dolor, por el duelo, por esa ausencia que detiene el calendario. “Me interesaba más el tiempo interno, cómo lo experimentamos”, explica. Y en ese contexto, el duelo lo cambia todo: “cuando vivimos en un duelo parece que toda la vida se detiene a nuestro alrededor”.
Daniel, además, no se enfrenta del todo a lo ocurrido. “Me interesaba un duelo en el que el personaje no piense demasiado en lo ocurrido”, señala. El dolor sigue ahí, pero se cuela de otra manera, más soterrada, en un momento marcado también por la incertidumbre y el desánimo. En ese contexto, empieza una relación con Natalia, sin llegar a formalizar nada, mientras entre ellos crecen las mentiras, entre cigarrillos. Ella fue la última persona que vio a Teresa y la única que no sabe qué le ocurrió.
Memoria y relato
A partir de ahí, la novela entra en otro de sus temas centrales: la memoria. “La memoria es selectiva y distorsionadora”, dice el autor. Y lo resume con claridad: “nadie es capaz de recordar qué sucedió: recuerdas el relato que tú te hiciste de lo que ocurrió”.
Ese relato, además, cambia con el tiempo. “Según vas viviendo la vida en el presente, van cambiando tus prioridades, y cambias también sin darte cuenta el pasado”. No recordamos lo que pasó, sino cómo lo contamos. “Probablemente es un mecanismo de defensa”, añade.
Pero esa idea no se queda solo en lo individual. Como historiador, Gómez Bárcena también la lleva a lo colectivo: “aunque el pasado puede ser un buen maestro, lo cierto es que aprendemos poco de las experiencias pasadas”. Al final, dice, “siempre encontramos un modo de justificarnos y creer que vivimos en un tiempo distinto”.
El pasado, en ese sentido, se adapta a lo que necesitamos. “Cuando queremos creer en algo encontramos la manera de contarnos el pasado a nuestra voluntad”. No escuchamos lo que dice, sino lo que queremos oír. La novela, en el fondo, también habla de eso: de las historias que nos contamos para sostener lo real.
Volver atrás
En ‘Abril o nunca’, esa relación con el pasado da un paso más. Bárcena se acerca a la ciencia ficción, pero aquí la clave está en la mente. “Quería hacer una novela que tuviera elementos de ciencia ficción pero que fuera psicológica”, explica.
La idea parte de algo muy reconocible: “las personas que tienen un trauma están permanentemente viajando al pasado”. En la novela, ese impulso se vuelve real. En el caso de Daniel, todo arranca con una teoría que encuentra en internet, en un foro, donde alguien plantea la posibilidad de viajar mentalmente en el tiempo y volver a ese momento para quedarse en él.
Intentar volver atrás también es una forma de querer controlarlo todo. Daniel se pregunta qué habría pasado si hubiera actuado de otra manera. Pero el autor lo pone en duda: “preferimos sentirnos culpables de lo que no ha ido bien que admitir que no somos capaces de controlar lo que va bien y lo que va mal”.
Y, en el fondo, tampoco cambiaría tanto. “Podríamos repetir nuestra vida mil veces y cometeríamos errores distintos”. Porque “no somos solo los aciertos que tenemos, también somos los errores que cometemos”. Quitarlos sería dejar de ser quienes somos.
Ese conflicto también está en Daniel, un hombre al que le cuesta decir lo que siente. “Los hombres en general tenemos una expresión emocional más limitada”, reconoce. Esa limitación no elimina el dolor, pero sí cambia la forma de enfrentarse a él.
El lugar en el que transcurre la historia, Benidorm, tampoco es casual. “Me interesaba por su ambiente eufórico”, explica, en contraste con el estado de Daniel. Pero también por su carácter artificial: “es una ciudad muy construida para las apariencias”.
Ese contraste refuerza otra de las ideas de la novela: la repetición. “Todo está un poco pensado como una especie de imitación”, dice el autor. Igual que Daniel intenta reconstruir lo vivido, el entorno también parece una versión de otra cosa.
Al final, ‘Abril o nunca’ no habla tanto de cambiar el pasado como de entender por qué no podemos hacerlo. O quizá de algo más incómodo: que nunca llegamos a recordarlo tal y como fue, sino como necesitamos que sea.





























































































































































































































