José María Pou se mete en la piel de Marco Tulio Cicerón en Sagunt a Escena

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Viernes, 9 de agosto de 2019, 22:30 horas. 30º C. Teatro Romano de Sagunto. Probablemente asistimos a una de las noches más calurosas de esta ciudad en toda su historia. La gente que, como yo, asiste a la representación de ‘Viejo amigo Cicerón‘ en el marco de Sagunt a Escena, se prové de grandes cantidades de agua fresca -por poco tiempo, añado- y abanicos o improvisados abanicos con los que aliviar un ambiente tórrido, pegajoso, casi infernal.

En estas condiciones se vieron obligados a salir a escena el actor y maestro de actores José María Pou y sus dos compañeros en esta obra, Bernat Quintana y Miranda Gas. Por si la obra, un guiño a los clásicos en toda regla, de un solo acto y con abundante -casi denso- texto, no requirieran ya suficiente talento, ingenio y oficio.

Pues así fue. Decir que Pou estuvo sublime es de una obviedad tal que resulta hasta redundante. No vamos a descubrir a estas alturas el genio de un maestro de maestros que, según leo en una reciente entrevista, dice que tras esta obra se retira, cansado de seguir regalando dinero a las arcas del Estado. Pero algo me dice que el teatro es a Pou, y Pou es al teatro, algo más que una relación laboral o incluso existencial. Una segunda piel no se quita así como así, y está por ver que don José María ceje en ese empeño que año tras año ha mostrado por emitir Cultura así, con mayúsculas, por cada uno de sus poros.

Los dos actores jóvenes que se las han visto con él en esta obra, Bernat Quintana y Miranda Gas, son de los que más dignamente han compartido escenario con el maestro en las últimas obras que he tenido ocasión de ver. Y no es fácil, con él al lado. Y menos en una noche como ésta, en la que el aire cálido entra en los pulmones como una brasa ardiendo. 90 minutos como éstos requieren de un esfuerzo brutal y más aún cuando la dicción, al servicio de la retórica, cobran tal importancia como en la glosa a Cicerón. Algo habrá tenido que ver en la gran complicidad y resuelta conjunción entre los tres actores, el director Mario Gas.

La trama que nos presenta el texto de Ernesto Caballero nos sitúa en una biblioteca universitaria actual, con una pareja de estudiantes que realizan un trabajo sobre la figura de Marco Tulio Cicerón, el maestro romano de la retórica y la oratoria, filósofo y político pero, sobre todo, incansable defensor de la República.

La llegada de un visitante desconocido, encarnado por Pou, lo cambia todo. El recién llegado se propone a sí mismo para encarnar al propio Cicerón y así profundizar hasta donde los jóvenes estudiantes no han podido llegar en su tarea. Tan tenaz es en su empeño que no tardan en sumergirse voluntariamente los dos jóvenes, él encarnando a Tirón, esclavo y amigo de Cicerón, y ella a Tulia, su hija.

Roma. Algún día del año 50 antes de Cristo. Comienza así una puesta en escena dentro de la puesta en escena que, además de acercarnos a la figura de Cicerón, nos ofrece una estructura dialéctica de tragedia griega, con continuos guiños a las formas, los recursos y la estética de una obra clásica, sin serlo. El personaje encarnado por Pou, de quien por cierto nunca sabremos el verdadero nombre porque ya se presenta como Marco Tulio Cicerón, se mete en la piel del mítico político romano y sólo sale de su ensoñación para apostillar alguna idea o, quizás, para recordar que no está loco y sabe que está interpretando un papel. Un actor interpretando a un actor…, nadie como Pou puede con este reto y así, el resultado es impresionante.

En este plano encontramos a un atribulado Cicerón que aún lamenta su decisión, el 5 de diciembre del 63 a. C. en el Senado, cuando cedió a las presiones y mandó ejecutar a Catilina, alzado contra el poder establecido para acabar con la República. Las palabras con las que el propio Cicerón había denunciado al conjurado amigo de los pobres, “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? (¿Hasta cuando abusarás de nuestra paciencia, Catilina?)”, resuenan como una losa en el teatro romano de Sagunto.

La posterior Crisis entre un César pujante y el conservador Pompeyo que desencadenaría una Guerra Civil, el exilio de Cicerón en Épiro y la muerte de la hija del propio Cicerón, nos pasan por delante como en un suspiro, pero en todos ellos el erudito visitante se vacía ante los jóvenes estudiantes sacando de su misma alma los pensamientos del maestro romano de oratoria para derramarlos sobre el escenario y sobre el público, al que se dirigía en varios pasajes al más puro estilo clásico, buscando casi la complicidad de los que allí asistíamos a una magistral obra.

No vamos a desgranar los 90 minutos de notable discurso y debates de la obra. Este espectáculo, con este titánico despliegue de dicción y gesto, de recursos clásicos y formas contemporáneas, en el que no faltó el área multimedia empleado por cierto de forma notable, hay que ir a verlo. Y disfrutarlo.

Sólo queda rescatar el debate que, al principio de la obra, nos sitúa en la diatriba entre el imperio de la Ley y la voluntad del pueblo como prioridad. Un debate que por momentos, a algunos nos sacó de la República y de Roma y nos sonó más actual, por no decir al debate entre la prevalencia de los principios vertidos en la Constitución Española o la voluntad de un pueblo (o mejor de parte de un pueblo) echado a las calles de Cataluña en lo que conocemos como ‘el Procés’. Un cómplice guiño que el público, que acabaría entregado a los pies de José María Pou y sus dos compañeros de escena, sabría ver y agradecer.

La noche quedó en silencio tras largos minutos de atronadores aplausos y el termómetro se resistiría a bajar de los 30 grados hasta bien pasadas las tres de la madrugada. Pero la clase magistral de Democracia, tal y como la concibieron los griegos y la desarrollaron hasta su destrucción los romanos, dejó abiertos mil debates, como debe ser.

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