Cinco años sin Almudena Grandes. Sin esa mirada crítica, sin saber cómo habrían terminado sus ‘Episodios de una guerra interminable’, ni qué otras obras nos habría regalado la autora madrileña para seguir aprendiendo a mirar nuestro presente y nuestra propia historia. A través de cuatro entrevistas, junto con las voces de Rafael Reig y Luis García Montero, rendimos homenaje a una de las escritoras imprescindibles de nuestra literatura contemporánea.

“Yo lo que quería era contar la vida”, declaró Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021) durante nuestra entrevista a propósito de ‘Los besos en el pan’, en la antigua ubicación de la Librería Ramón Llull de València. Y tras leer su obra, podríamos afirmar que esa fue su máxima: narrar la vida. Así construyó todo un universo literario donde hombres y mujeres corrientes, con sus alegrías y sus miserias, “se levantan”, porque esos eran los personajes que a ella le interesaban, los que consiguen “salir adelante un poco a trancas y barrancas”.
En abril de 2014, un grupo de periodistas pudimos entrevistarla en el antiguo Hotel Astoria Palace, con motivo de la publicación de Las tres bodas de Manolita. Durante aquel encuentro recordó cómo había nacido su proyecto más ambicioso, ‘Episodios de una guerra interminable’: “todas estas historias me fueron encontrando a mí, cuando pensaba en escribir El corazón helado. Pensaba, como todos los españoles, que sabía bastante de la historia contemporánea de mi país, y leí un par de libros para refrescarme las ideas, para descubrir que no sabía nada. […] Me fui encontrando con un montón de historias de la posguerra que me parecían maravillosas y tenían una novela detrás. Pero yo estaba escribiendo El corazón helado, un exilio. Cuando terminé de escribir El corazón helado no sabía qué escribir y, me acordé de esas historias, que había ampliado por puro interés, de las que me salieron seis libros, que me permitían ir de 1939 a 1964 para cubrir 25 años de la posguerra.”
Gracias a aquellas lecturas y a su curiosidad, Almudena se propuso desentrañar los entresijos de nuestra historia, porque “los españoles vivimos encima de una mina de oro, los españoles pisamos un filón increíble de historias por contar, de personajes alucinantes, de héroes, de villanos, de suspense, de aventuras, de misterios que nunca se resolverán. Eso es un tesoro que para un narrador es muy irresistible”.
En aquel empeño por rescatar historias olvidadas, una de sus brújulas literarias fue su querido Benito Pérez Galdós, quien ya le había enseñado “que vivía en un país muy raro”. Al preguntarle si sus Episodios eran un homenaje, Almudena explicó: “es más que eso, los Episodios nacionales han sido mi modelo. […] Él lo inventó todo; de lo que se trata es de tomar un acontecimiento histórico real y usarlo como marco para meter dentro una historia de ficción, de tal forma que los personajes de la historia con mayúsculas interactúen dentro de la novela con los personajes de ficción. […] Lo de interminables es porque esta serie pretende recorrer treinta años de la dictadura franquista desde el punto de vista de los que dijeron que no, de los que no se rindieron, y desde los que se posicionaron en contra de la dictadura, sintiendo que la guerra no terminaría hasta que la democracia llegara a España. Todo son historias de resistencias, a veces armada, otras veces política, de todo tipo”.
A Almudena le encantaban esas historias de resistencia, como explicó durante nuestra entrevista a propósito de ‘Los besos en el pan’: “el punto de vista que me interesa siempre es el de los supervivientes, el de los resistentes.” ¿Quién puede olvidar a Inés, a Galán, a Nino, a Pepe el Portugués, a Manolita, a Guillermo, a Germán o a María? ¿Y a Lulú, Malena, Juan Olmedo o Sara Gómez, entre tantos otros? Los personajes de Grandes nunca se arrodillan. Y, si no, que se lo digan a Manolita, la Señorita Conmigo No Contéis, quien descubrió “que las mujeres sabias de verdad no son las viudas trágicas sino las que son capaces de divertirse hasta en esa situación. Porque eso sí que es decir conmigo no contéis, es decir, conmigo no podéis”.
La dignidad también conforma el ADN de la obra de Almudena Grandes. De hecho, en Los besos en el pan reivindicaba el papel de los abuelos y la “cultura de la pobreza” de un país como el nuestro, donde “la pobreza formaba parte de la vida cotidiana, y vivir era luchar denodadamente para que tus hijos vivieran mejor que tú, pero en esa lucha cabía la alegría, la ilusión, la esperanza.” Una cultura que, según lamentaba la escritora, habíamos perdido cuando “la felicidad se equiparó al consumo”. Y de ahí el título de la novela, que recuperaba una costumbre aprendida durante su infancia: besar el pan. “Muchos años después, entendí que era el reflejo del hambre que habían pasado. Además, el pan tiene esa fuerza, porque el pan es la metáfora del alimento, el pan es la metáfora de la supervivencia. Entonces besar el pan era como una muestra de respeto por la vida”.
En las obras de Almudena Grandes, especialmente a partir de ‘El corazón helado’, a mi parecer su obra cumbre y la que marcó un punto de inflexión en su trayectoria, los protagonistas son aquellos que no tienen grandes altavoces y a quienes la historia, en muchas ocasiones, ha relegado a los márgenes. Sin ir más lejos, en ‘La madre de Frankenstein’, la escritora reconstruyó la España de los años cincuenta desde el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, porque quería reivindicar la realidad de aquellos años que, lejos de ser “pacíficos”, “fueron años silenciosos, de un país aterrorizado, de gente que no se atrevía a hablar, porque esa fue la cosecha del terror. El resultado de los años del terror, en los años cuarenta, fue el silencio de los años cincuenta”.
Aquel miedo no se sostenía únicamente desde las instituciones, sino que se extendía a la vida cotidiana. Como explicaba Almudena, “una de las mejores formas de ascender en este país era delatar e ir denunciando. Una dictadura tiene éxito cuando logra que se produzcan este tipo de fenómenos, que los individuos consideren que el estado está también en sus manos. Cuando se instala el pánico, la dictadura ya ha hecho su trabajo”.
Pero bajo aquella España aparentemente inmóvil también sobrevivían los afectos. Al hablar de Germán Velázquez, uno de los protagonistas de ‘La madre de Frankenstein‘recordaba que “hay corrientes subterráneas, más cálidas, donde puede existir el amor, el sexo o la amistad, pero siempre con la condición del silencio, que nadie se entere, que nadie lo sepa”.
Almudena era consciente de la complejidad de los seres humanos, como se refleja en sus obras y, cómo no, en Los pacientes del doctor García, donde reconstruyó la red de evasión de criminales nazis organizada desde Madrid por Clara Stauffer, un personaje histórico que le permitió reflexionar sobre los héroes y los villanos: “los seres humanos tenemos luces y sombras, de la misma manera que yo solo puedo admirar a los héroes que tienen miedo y que dudan. Por eso mis héroes dudan, tienen miedos y se equivocan. Creo que los malos, verdaderamente malos son los que son capaces de querer a los demás, de tener debilidades, y Clara esas debilidades las traía puestas, por eso es un regalo para cualquier escritor”.
Sus héroes tampoco respondían a los modelos convencionales. Guillermo y Manolo, protagonistas de ‘Los pacientes del doctor García’, eran hombres corrientes que se veían arrastrados por circunstancias extraordinarias: “porque yo lo que me planteo, que eso se lo debo a Galdós, es contar la historia desde abajo, desde la vida corriente de la gente. Ellos se implican por el tipo de impulsos por los que nos movemos la gente corriente. Ese es el motor de mis personajes que no aspiran a nada, porque no van a ganar nada, puesto que detrás de ellos no hay nada, nadie les va a meter dinero en una cuenta en Suiza ni nada”.
Almudena Grandes no solo hablaba con pasión de sus personajes, sino también del oficio de escribir. Durante nuestra conversación sobre ‘La madre de Frankenstein’, reivindicó la importancia de la arquitectura narrativa: “Soy una fanática de la estructura. En la literatura, sobre todo en la novela, la estructura está muy mal considerada. Los críticos no hablan nunca de la estructura de los libros, y a mí me parece lo más importante. Creo que las novelas son como casas. La estructura es fundamental porque tiene un valor expresivo que no se considera, pero es la válvula que regula la relación entre los personajes y el lector”.
Su manera de mirar y escuchar también permanece en el recuerdo de quienes la conocieron. En una entrevista realizada con motivo de la publicación de Lo que sé de Almudena (Tusquets), Rafael Reig destacaba una de sus cualidades: “le interesaba de verdad la gente. Tenía curiosidad por cómo vivían los demás y qué problemas tenían. A Almudena la quería mucho todo el mundo, y es que ella quería a todo el mundo. Sabía escuchar y mirar. Ver lo evidente es mucho más difícil que ser un visionario”.
Ambos compartían su admiración por los grandes narradores, desde Galdós y Emilia Pardo Bazán hasta Dickens. Para Reig, uno de los mayores logros literarios de Almudena fue su “carpintería narrativa”, caracterizada por incorporar “un lenguaje llano, cervantino, que sirva para todos y con la atención puesta a la experiencia colectiva, a una visión de conjunto de los mecanismos sociales. Almudena recuperó el ímpetu narrativo de los clásicos de la lengua”.
Una mirada más íntima ofrecía Luis García Montero, su compañero de vida, durante nuestra conversación con motivo de la presentación en València de ‘Un año y tres meses’ (Tusquets), el poemario en el que abordó la enfermedad y la muerte de Almudena. Al preguntarle por la esperanza, el poeta recordaba una de las convicciones de la escritora: “Almudena decía, bueno las cosas pueden salir bien o mal, pero hay convicciones a las que uno no renuncia, para no traicionarse, y el amor a la vida es una convicción”.
Para García Montero, aquella experiencia también había reforzado la necesidad de defender los cuidados y la sanidad pública, porque, como explicaba, “esto no es una tragedia privada, esto es una realidad colectiva.” Y frente al dolor de la ausencia, reivindicaba el valor de lo vivido: “seguramente si no hubiera conocido el amor, no estaría dolorido, pero no renuncio al amor que he disfrutado durante treinta años”.
Almudena Grandes falleció el 27 de noviembre de 2021 y sus ‘Episodios de una guerra interminable’ quedaron inacabados. Nunca llegamos a conocer ‘Mariano en el Bidasoa’, su último Episodio. Sin embargo, nos dejó ‘Todo va a mejorar’, publicada póstumamente en 2022 y concluida por Luis García Montero siguiendo las indicaciones que ella había dejado escritas. Una distopía que nos invita a reflexionar sobre la fragilidad de la libertad y el peligro de perder unos derechos que creemos definitivamente conquistados.
Cinco años después, el mejor homenaje es seguir leyéndola. Regresar a los ‘Episodios’, descubrir sus cuentos, reencontrarse con sus personajes y recorrer una trayectoria que comenzó con ‘Las edades de Lulú’.





































































































































































































