En el 50 aniversario de la expulsión de los Borbón Parma. La opción federal

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El primero de abril de 1939, el Carlismo se encontraba por primera vez, en su dilatada historia, en el terreno vencedor. Sin embargo, no era una victoria «única»; sino que era compartida por toda una serie de fuerzas políticas (falangistas, monárquicos liberales, conservadores…) que poco o nada tenían que ver con el Tradicionalismo. Incluso, en la teoría, la Comunión Tradicionalista había desaparecido al fusionarse en abril de 1937 con Falange Española de las JONS, dando lugar a FET y de las JONS.

La consecuencia más inmediata fue el aislamiento político y persecución al que sometió Franco a los carlistas, al otorgar el protagonismo político a los falangistas. Incluso, el Caudillo reprimió al Carlismo a toda una serie de multas, destierros, exilios… con la intención de eliminarles como fuerza política[1]. Los casos más llamativos serían los de Sara Peris (margarita de Burriana) y Juan Vanaclocha (médico de Carlet). Por ello, quedaba claro que en la teoría, estaban en el equipo vencedor; pero en la práctica se situaban en el terreno de los perdedores: «Ganamos la guerra; pero perdimos la paz».

Fotografía tomada el 3 de diciembre de 1945 en la plaza de la Reina con motivo de la liberación de don Javier

“Pagar con la misma moneda”, fue la táctica elegida por don Manuel Fal Conde (jefe delegado de la Comunión)) y don Javier de Borbón Parma pues no tuvieron más remedio que aplicar toda una política de oposición y ataque al Régimen. En la praxis, esto se tradujo en la famosa manifestación del mes de diciembre de 1945, donde miles de carlistas valencianos procedentes de toda la geografía del viejo reino recorrieron la calle la Paz hasta el Parterre para protestar por el trato recibido por el Régimen. Era el momento más crítico para el Franquismo tras la derrota del Eje y el aislamiento al que fue sometido por los Aliados, Fal Conde y don Javier, recuperándose de las heridas producidas en los campos de exterminio nazis, idearon una serie de manifestaciones en Pamplona y en la capital del Túria con la intención de provocar un cambio de gobierno más acorde con la nueva situación internacional.

Manises. 1951. De izquierda a derecha; Miguel Martínez, Miguel Montaner Nadal, Sara Peris, VIcente Valero, don Javier de Borbón Parma, doña Francisca de Borbón.

Pepe Romero, veterano carlista de  Liria nos cuenta lo sucedido ese día: “Fue la primera manifestación que tuvo lugar en Valencia para recabar libertad pública, sindical y social. A la manifestación vinieron carlistas de todas las zonas: de Liria, de Sueca, de Torrent, de Gandía, Algemesí, la Puebla de Vallbona… A mitad de la calle la Paz había una barrera de Policía armada, que cargó duramente contra los manifestantes, pero fue repelida y la manifestación siguió adelante. A la plaza de Alfonso el Magnánimo empezaron a llegar con estrépito de sirenas coches descubiertos cargados de policías que cargaron contra los manifestantes, acompañados de policías de paisano que hicieron disparos al aire. En ese momento se presentó, vestido de traje azul y sombrero de la época, el Excelentísimo Capitán General de la Tercera región militar, don Jose Monasterio que pacificó la manifestación. (…) Sin embargo, unos 300 carlistas siguieron la marcha hasta Capitanía general liderados por Rafael Ferrando Sales, Requeté y ex divisionario, entregaron un documento sobre la  situación actual del carlismo y de la patria”[2].

A los pocos días, fueron detenidos una treintena de carlistas, entre ellos de Juan Vanaclocha Silvestre, el marqués de Algorfa (Fernando Rojas Dasi), José María Melis Saera y José María Barber Adam.

El enfado de los carlistas era consecuencia natural de la evolución de los tiempos. La España de la inmediata posguerra enfrentaba al carlismo a una situación paradójica. Los Requetés habían sido una pieza clave en el triunfo del bando nacional; sin embargo, en 1939 el nuevo estado compartía muchos de los mitos, actitudes y creencias de los carlistas, pero siempre de cara a la galería y nunca en su forma y contenido. Para empezar porque no había un  rey y hasta 1947 no se definió a España oficialmente como reino y todavía pasarías 22 años en quedar identificado el futuro rey de España, que no sería otro que en la persona de Juan Carlos de Borbón, la otra dinastía.

En segundo lugar, España sufrió un proceso centralizador, del gusto de los militares y de los falangistas, mucho más profundo que en 1833, pues solo Navarra y Álava conservaron sus fueros y  concierto económico, gracias a su colaboración en el alzamiento del 18 de Julio. Mientras que Guipúzcoa y Vizcaya, consideradas por Franco como provincias traidoras, perdieron su respectivo estatus anterior.

Tan solo, la vuelta al “orden”, el restablecimiento de la supervisión de la Iglesia en la enseñanza y la moral y la presencia de carlistas en el ministerio de Justicia fue suficiente para garantizar la adhesión de un sector minoritario del carlismo a Franco; pero la inmensa mayoría, empezando por Fal Conde y don Javier, optaron por atacarlo.

Una vez recuperado de las heridas en los campos de exterminio nazi de Natzweiler y Dachau, don Javier reasumió la dirección del carlismo junto con Fal Conde y rápidamente escribió dos manifiestos: A mis queridos Requetés y Manifiesto a los españoles, donde denuncia la política de corte totalitarista de Franco y las injusticias que cometía su Régimen. Para don Javier, la única solución era la instauración de la Monarquía católica, tradicional, social y verdaderamente representativa

Todo cambiaría a finales de los 40. El inicio de la Guerra Fría, la entrada de España en organismos internacionales y el colaboracionismo con los EEUU,  dando fin a la etapa de aislacionismo, provocaría la denominación del Régimen de Franco como una «monarquía católica, social, tradicional y representativa.

La reacción del staff carlista, al comprobar que en más de una década de oposición al Régimen no había dado sus frutos, fue dar un giro de 180 grados a su política. Ahora, en 1957 y visto que el franquismo iba para lejos, la estrategia a seguir fue la de estrechar vínculos con la burocracia franquista para aumentar las posibilidades de instaurar a la familia Borbón Parma tras la futura muerte de Franco. Carlos Hugo, pasó a ser el «Príncipe del 18 de Julio». Además, el onubense don Manuel, fue sustituido por Jose Maria Valiente, catedrático de Derecho, convencido de aprovechar este nuevo contexto histórico para los intereses carlistas.

En los primeros compases, Carlos Hugo, junto con sus colaboradores reafirmaron el carácter popular que el Carlismo le dio a la Cruzada, pero no habiendo recibido la recompensa merecida tras tres largos años de guerra civil. La estrategia consistía en granjearse el favor y la simpatía de Franco hacia el Tradicionalismo, para poner sobre el tablero de juego el nombre del nuevo Príncipe legítimo como posible sucesor del dictador.

Durante más de una década, la C.T. no recibió ninguna noticia por parte de Franco que pudiese originar una esperanza de cara al futuro; pero sin embargo, le permitió una mayor libertad que en la etapa anterior provocando la legalización de círculos carlistas bajo el nombre de círculo culturales o católicos, ediciones de textos carlistas, la legalización de actos carlistas, los viajes y visitas del Príncipe y las Infantas por todo territorio español,…. Era la «primavera del Carlismo». Por ello, en los años 60, la Comunión Tradicionalista había sido capaz de estructurar todo un movimiento clandestino y al margen del Partido Único y del Movimiento

 

La nueva generación carlista

El correr de los tiempos de la España franquista alejó todavía más a los carlistas de su elemento más importante: la espiritualidad. Bajo el Régimen florecieron más que nunca los enemigos por antonomasia del carlismo: la irreligión, el materialismo, la concentración urbana y el despoblamiento de los pueblos y campos de España. El símbolo arquitectónico que sobrevino a partir de la década de los 60 no fue el Templo, ni la parroquia ni la Iglesia, sino el Banco. La costa mediterránea fue invadida por chalets y apartamentos dejando una retahíla de hormigón y cemento desde Girona hasta Huelva, la industrialización avanzaba por las tradicionales zonas rurales provocando una nube de contaminación oscureciendo el monasterio de Montserrat. Los escándalos financieros y la corrupción se expandían cual mancha de aceite. Era la entrada del “Modernismo” en España. Este fenómeno puso de manifiesto que el capitalismo y el materialismo también podían florecer bajo un gobierno no liberal.

Por tanto, la España en la que la nueva generación de carlistas se encontró era un mundo distinto al de la España de los años 30: una España en la cual un gobierno autoritario presidía una rapidísima transformación económica y social, marcada por un materialismo, a nivel ético, social y más adelante político, sin precedentes y por una «americanización» desorbitada: las consecuencias del Modernismo. No solamente era un cambio en el mundo terrenal. El poder espiritual también estaba cambiando. Era el momento del Concilio Vaticano II. La Iglesia española, que en su gran mayoría había sido atacada por el poder republicano y perseguida por el gobierno del Frente Popular y demás gobiernos de la España republicana entre 1936 y 1939, había sido un gran valedor y defensor de la causa nacional.

Con el Concilio, el Clero, no solamente dejaba de defender la unidad católica de la Patria, también abjuraba de su papel en la Guerra Civil, profundizaba en la doctrina social (teología de la liberación), dando paso a los curas obreros/comunistas y dando cobijo al nacimiento de ETA, y por tanto dejaba entrever su oposición al Régimen. La amenaza de excomulgar a Franco tras las sentencias a muerte a varios etarras, el famoso Proceso de Burgos, fue una buena muestra de esta ruptura de la Iglesia con el Régimen español.

Así, en cuanto aumentó el número de carlistas, también creció, en sus conciencias y actitudes, un sentimiento de repulsa por el hecho de pertenecer a una organización sin la cual no se hubiera podido crear el actual estado político. Ya no era una generación marcada por los incidentes con socialistas, liberales y anarquistas, ni por los ataques y decretos legislativos de la República a la Iglesia; ni tan siquiera por la Cruzada; sino por la represión de un gobierno casi omnipresente en todos los estamentos de la sociedad. Por ello, el elemento más joven, la A.E.T. o Ramón Massó son un ejemplo de ello, fue el que guió el posterior devenir de los acontecimientos. La materialización de esta nueva mentalidad vendrían dadas en forma de virulentos discursos hacía el Régimen en los famosos Montejurra, en los círculos carlistas… La ruptura con los “Principios del 18 de Julio” iba dando forma. La clave fue la expulsión de territorio español de toda la Familia Real en diciembre de hace ahora medio siglo.

A mediados de la década de los 60′, Franco ya había resuelto en una reunión, con los ministros de Justicia, Información y Gobernación, la expulsión de los Borbón Parma del territorio nacional para allanar el camino de la proclamación de Juan Carlos como futuro rey de España. Y el 20 de diciembre de 1968, a Carlos Hugo y a toda su familia se les ordenó la obligación de abandonar el territorio nacional. El motivo: el acto de Valvanera; en el cual Carlos Hugo otorgaba a la región de La Rioja de una personalidad jurídica, administrativa e histórica diferente a la vasca. Pocos meses después, Franco designaba a Juan Carlos futuro rey de España. La opción federal había fracasado.

Año 1965. Carlistas valencianos visitando a los Príncipes Doña Irene y Don Carlos Hugo en Madrid. De pie y de izquierda a derecha. Los señores Naval de Algemesí, Tarín de Chiva, Pascual Agramunt Matutano y su esposa Isabel Colomer de Valencia, Sánchez de Chiva, Rafael Ferrando Sales de Valencia, Monreal de Sagunto, Vicente Febrer Roig de Gandía, Ramón Benet de Rafelbunyol. De rodillas y de izquierda a derecha: Pepe Mas García y Pío Ferrando Sales.
Año 1965. Carlistas valencianos visitando a los Príncipes Doña Irene y Don Carlos Hugo en Madrid. De pie y de izquierda a derecha. Los señores Naval de Algemesí, Tarín de Chiva, Pascual Agramunt Matutano y su esposa Isabel Colomer de Valencia, Sánchez de Chiva, Rafael Ferrando Sales de Valencia, Monreal de Sagunto, Vicente Febrer Roig de Gandía, Ramón Benet de Rafelbunyol. De rodillas y de izquierda a derecha: Pepe Mas García y Pío Ferrando Sales.

La reacción de Carlos Hugo fue la puesta en marcha de la clarificación ideológica del Carlismo de la mano de sus hermanas y de sus colaboradores más íntimos como Zavala, Josep Carles Climent y un largo etcétera.

¿En que consistió? En toda una reinterpretación de la historia y el pasado carlista, enfatizando/centrándose en el carácter popular, obrero y social del carlismo; presentando a este movimiento como un partido de masas, democrático, interclasista, aunque con un claro predominio del sector proletario, defensor de las diversas nacionalidades de los pueblos que conforman el pueblo español y de la descentralización del Estado concretizado en el principio de autogestión/subsidariedad  que entroncaba directamente con el comunitarismo carlista propio del siglo XIX (evitando de esta forma el acaparamiento de poder de los diversos organismos del Estado). La monarquía, unida con el Pueblo a través de un pacto que solo éste podría romper, era un instrumento más en la lucha por la construcción del socialismo autogestionario y también servía de freno para el establecimiento de gobiernos autoritarios y personalistas.

Carlos Hugo y su amplia red de colaboradores supieron conjugar por primera vez en la historia monarquía, pueblo y democracia real.  Ahora, el Tradicionalismo ya no era el mejor adjetivo para definir al Carlismo. Socialismo, autogestión y libertad era el trilema que mejor se adecuaba a la nueva situación. La Yugoslavia de Tito y la China de Mao eran los modelos a seguir y a implantar en el estado español.

Sin embargo, no todo el Carlismo aceptó de buena manera la revolución ideológica del Príncipe. Para Josep Carles Clement esto era normal. Según él, a lo largo de toda la historia, el carlismo se había contaminado de gentes de ideología integrista y tradicionalista que habían desvirtuado el verdadero ser del carlismo y usado este movimiento para la defensa de intereses capitalistas, caciquiles y personalistas. Sólo así se explica que un movimiento de tipo socialista apoyase un movimiento reaccionario en el famoso 18 de julio. El rey más representativo en este aspecto era Jaime III, pues bajo su sombra se crearon una gran cantidad de sindicatos de obreros.

Ahora  esas gentes  debían ser expulsadas del Partido. Entre ellas, estaban Zamanillo, pieza clave en la organización del Requeté en los años 30 y en su posterior sublevación, y el chelvano Jose María Valiente ya citado anteriormente.

Sin embargo, la labor del Príncipe causó un cisma en el movimiento político más antiguo de toda Europa. Pocos años antes, Mauricio de Sivatte ya había creado una escisión ante la nueva política de colaboración con el Régimen, creando RENACE: Regencia Nacional Carlista de Estella, donde habrían nombres importantes como Carlos Ibáñez, Garisoain… Ahora, don Sixto Enrique de Borbón-Parma se resignaba a asumir la nueva situación tildando a su hermano de poco menos que hereje del carlismo. La consecuencia más inmediata fue la división en dos bandos de las masas carlistas pero también de la propia familia real.

En la década de los 60’ el carlismo valenciano seguía arrastrando a un gran número de personas. En cada pueblo había un jefe local y en cada ciudad un círculo y junta local. En Sueca el casino la Lealtad, en el Cap i Casal el Círculo Cultural Aparisi y Guijarro, en Manises el jefe local era el señor Miguel Montaner En la siguiente foto vemos una muestra del poder tradicionalista en el viejo reino foral.

Algemesí. 1967. Don Pascual Agramunt Matutano, coronel mutilado de guerra, dirigiéndose a sus correligionarios.
Algemesí. 1967. Don Pascual Agramunt Matutano, coronel mutilado de guerra, dirigiéndose a sus correligionarios.

En las elecciones de 1971 por el tercio familiar, Jaime Ferrando Sales quedó en un meritorio tercer lugar. Pocos meses después se iba a producir la escisión del carlismo, es decir, la ruptura total en dos partes. Por un lado, Carlos Hugo de Borbón y el Partido Carlista (P.C.), por otro lado Sixto Enrique y la Comunión Tradicionalista. En Valencia, por parte del Partido destacarían las figuras de Laura Pastor Collado, integrante de la Taula Democrática del País Valencià y “dels 10 d’Alaquás” siendo detenida por la brigada policía social en junio de 1975. Don Rafael Ferrando Sales fue elegido secretario general. Josep Manuel Sabater designado como secretario de relaciones políticas del PC. A pesar del progresivo descenso de militantes, no impidió que el Partido fuese un eje dinamizador de la oposición al Franquismo e impulsor de la autonomía valenciana, de la unidad de la lengua y de la legalización de las libertas sindicales y políticas.

En el otro extremo, el Círculo cultural Aparisi y Guijarro y sus “hombres egregios”: Pascual Martín Villalba, Eduardo Chuliá, Daniel Beúnza, Salvador Ferrando Cabedo  y Pepe Mas se convirtieron en una pieza básica del valencianismo “blavero”. Innumerables conferencias de Xavier Casp, Miquel Adlert…, entidad clave en el nacimiento de la Coordinadora d’Entitats del Regne de Valéncia, en la fundación del Grup d’Acció Valencianista (GAV) por parte de Martín Villalba (siendo el primer presidente de dicha entidad), la elaboración de un anteproyecto de estatuto foral… fueron una mínima prueba de ello, convirtiendo al carlismo “tradicionalista” valenciano en una pieza activa en la denominada “batalla de Valencia”.

1971. Restaurante Les Graelles: Pepe Monzonís, Pascual Martín-Villalba, Jesús María Rández, Francisco Orts, Jaime Ferrando Sales, vencedor moral de las Elecciones a Procuradores en Cortes, Josefa Timoner, José Miguel Orts.
1971. Restaurante Les Graelles: Pepe Monzonís, Pascual Martín-Villalba, Jesús María Rández, Francisco Orts, Jaime Ferrando Sales, vencedor moral de las Elecciones a Procuradores en Cortes, Josefa Timoner, José Miguel Orts.

[1] Para ahondar más en este tema ver los recientes estudios de Josep Miralles Climent: La rebeldía carlista. Memoria de una represión silenciada y Manuel Martorell: Retorno a la lealtad. El desafío carlista al franquismo

[2] Retorno a la lealtad, Manuel Martorell, p. 370 – 372

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