Creo que nunca se me va a olvidar la frase que mi sobrino que vive en Paiporta a la orilla misma del barranco me dijo al verlo 48 horas después de la DANA: “Todo es de color marrón”. Ahora un mes después ya se atreve a decir que existen otros colores pero ese “todo es de color marrón” nos acompañará siempre.

Utiel, Paiporta, Picanya, Massanassa, Catarroja, Benetússer, Alfafar, Sedaví, Aldaia, Alaquàs, Albal, Beniparrell, Torrent, Xirivella… Todo es de color marrón. Las casas, los coches, las gentes, las botas, las palas… Todo es marrón. Un marrón triste, un marrón feo, un marrón odioso que se ha llevado por delante la vida de 222 personas, de momento.
48 horas después de la DANA e incumpliendo todo tipo de normativa existente logró entrar en Paiporta. Después de casi 2 horas de viaje desde Valencia, llegamos. Cargados de agua, de comida, de un camping gas, de baterías portátiles para los móviles, una linterna….
Creo que es lo más parecido a una zona de guerra que vaya a a ver nunca. Y todo machado por un marrón vomitado por un dragón dormido que habita en el Barranco del Poyo y por su maldita prole que también se ha enseñado con los pueblos ribereños del barranco de la Saleta y de l’Horteta. Creo que siempre recordaremos ese color marrón.
Ese marrón acompaña a la gente que anda en silencio, un silencio triste, un silencio casi doliente, un silencio premonitorio del llanto. El silencio de los primeros días. Todo el mundo vaga callado. Todo el mundo lleva la cabeza baja. Nadie habla. Nadie sonríe. De vez en cuando alguien rompe ese silencio al reencontrarse con Paco, un amigo de toda la vida que vive detrás de la plaza de la iglesia. “¿Cómo está tu gente? ¿Todos bien?”. Paco se emociona y rompe a llorar. Explica que no aparece su padre. “Bajó a por el coche al garaje…”. Como la historia de Paco hay otras 221. Todas tan tristes como la de padre de Paco.
El silencio de la gente incrementa, en aquellos primeros días, el sonido de las sirenas. Por todas partes. En todas direcciones. De todos los colores. Ese ir y venir de coches de servicios de emergencia que van a toda prisa hasta algún sitio. Hasta que dejan de tener prisa. Esa sintonía triste de sirenas va a acompañarme también durante mucho tiempo. Esos coches que pasan a duras penas por revoltijos de coches, cañas, barro, muebles, puertas, árboles… Por encima del color marrón.

Ese color marrón también impregna a otro de los hitos que siempre recordaremos. Los voluntarios. La marea humana. El pueblo salvando al pueblo. La DANA en forma de solidaridad que ha inundado todos los pueblos. Esa marea humana que se ha ido llevando el color marrón en sus palas, escobas, botas, ropa y que ha ido llevando algo de color a los afectados por el dantesco tsunami. En forma de comida, en forma de bebida, en forma de solidaridad, en forma de “vamos que entre todos vamos a salir”. De mil maneras diferentes. Esa marea humana ha ido poco a poco llevándose el marrón que ha dejado a su paso ese dragón que habita en el barranco del Poyo, en el barranco de la Saleta.
Como toda historia, nos gustaría que acabase con un final feliz. Esta de momento no lo tiene. Hoy 222 familias lloran a aquellos que fueron alcanzados por ese tsunami marrón, feo y odioso que se llevó la vida de 222 vecinos, amigos, conocidos. 222 personas, como el padre de Paco, con las que nunca más volveremos a cruzar un hola ni un adiós. Maldito color marrón. Te odio.
(Texto escrito en noviembre de 2022)


















































































































































































































