Valencia CF 1995/96: licencia para soñar

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Todos sabemos que nuestro Valencia CF es un club único, un equipo diferente con una idiosincrasia especial gracias a su magnífica afición. Exigirle al Valencia un título es vivir en una mentira, pero pedirle que pelee por él es más que un deseo o una ilusión legítima, es un deber. La obligación del Valencia es competir cada partido, sea contra el rival que sea. Lo único que le importa a la afición Che es que sus jugadores dejen todo lo que tienen sobre el campo, que entiendan que la camiseta del Valencia se puede manchar de sangre, sudor y barro, pero nunca de vergüenza y desidia. Ése es nuestro ADN: el espíritu competitivo, la humildad y el trabajo, para convertir a nuestro club en un equipo temible y respetado. La historia y el palmarés así lo indica: cuarto equipo de España y en el top-15 a nivel europeo.

Pero durante casi veinte años, desde 1980 hasta 1999, el club estuvo sin obtener un título. El último alirón databa de la temporada 1970/1971, la última copa del año 1979 y los últimos trofeos internacionales vinieron en 1980. Claudio Ranieri fue el que terminó con esta sequía, concretamente en la Copa del Rey del año 1999 celebrada en el Estadio de la Cartuja frente al Atleti de Madrid. Un partido con goleada incluida y dos goles para el recuerdo; el primero, golazo de Gaizka Mendieta tras sombrero a Santi Denia, y el segundo, carrera desde medio campo del Piojo López con mismo final que el de su compañero.

Pero unos años antes, un Sabio estuvo a punto de romper la maldición. Fue la temporada 1995 – 1996. Durante esa temporada, toda una generación de valencianistas sintió por primera vez que su equipo podía volver a ser campeón de Liga. Los Zubizarreta, Fernando, Camarasa, Arroyo, Gálvez, Ferreira, Otero, Viola, Mendieta y el mejor PredragMijatovic reencarnaron el recuerdo de los Claramunt, Abelardo, Sol y Valdez gracias a la portentosa temporada firmada con Luis Aragonés como técnico y principal artífice de un milagro incompleto.

Dos años antes, en 1994, llegaba a la presidencia don Francisco Roig con un mensaje claro: Per un Valencia campeò. El listón estaba muy alto ya que uno de los anteriores presidentes, don Arturo Tuzón, no solamente consiguió subir al equipo a la Primera División, sino que lo consolidó en la máxima categoría, llegando a quedar en las posiciones más altas de la tabla. Además, con él, la gente volvió a Mestalla porque la masa social se duplicó de 16.000 abonados a 30.000. Potenció la cantera de Paterna, de donde salieron jugadores como Voro, Giner, Fernando Gómez Colomer o Sempere, entre otros. Inclusive, durante su mandato, el club fichó jugadores que se convertirían en estrellas internacionales como Pedrag Mijatovic o Luboslav Penev.

Valencia CF temporada 95-96Pero los títulos no llegaban. Consecuencia de esta sequía, el objetivo de Francisco Roig era competir cara a cara con los dos transatlánticos del fútbol nacional: Real Madrid y F.C. Barcelona. En su primera temporada casi se consigue el objetivo de salir campeones; concretamente en el torneo del K.O. Tras eliminar a Real Madrid, Real Mallorca y Albacete Balompié, el equipo Che se plantaba en la final frente a uno de los equipos de moda de la década de los ’90: el Deportivo de la Coruña. Se adelantó el club coruñés gracias un gol de Manjarín en la primera parte; pero a falta de veinte minutos, una falta al borde del área era materializado por Mijatovic devolvía las tablas al marcador.

El resto es de sobra conocido por la afición taronja: diluvio universal, partido suspendido, reinicio de la final una semana después y cabezazo dentro del área de Alfredo Santaelena, héroe del Atlético de Madrid cuatro años antes en el mismo estadio y misma competición, para darle el primer título al club gallego. Al Valencia se le escapaba el trofeo cuando más duele, en los últimos instantes.

La siguiente temporada se hizo cargo del club Luis Aragonés, el Lee Marvin español por su gran parecido con el actor estadounidense, uno de los entrenadores más experimentados de toda la historia de la Liga. Con él se marchaban Juan Carlos, LuboPenev, quién tuvo una bronca con Paco Roig llegando casi a las manos en la semifinal frente al Atlético de Madrid en Mestalla, Giner y Sempere; pero también vinieron el brasileño Viola o José Ignacio.

De entrada, el equipo valencianista no entraba en las quinielas para disputar la liga; y más cuando el comienzo de liga no fue lo más espectacular posible. El contexto en el que se gesta aquel Valencia tampoco era sencillo. Un equipo renovado, sin referentes como Penev, Roberto o Giner, que no se había quitado aún el mal sabor de boca de perder la final de Copa meses antes ante el Deportivo. Además, la temporada empieza con un batacazo, derrota por 3-0, precisamente en Riazor

La irregularidad fue la nota predominante en la primera vuelta. Sin embargo el equipo dejaba destellos de su pegada y calidad, como en el partido frente al Real Madrid, que se llevó cuatro goles a Chamartín, el Athlétic de Bilbao o el Albacete.

Todo cambio en la segunda vuelta. El Real Madrid pronto se descolgó de la Liga, y el Barça, que vivía en los últimos coletazos de la etapa de Cruyff, fue superado por el Valencia. Al frente de la clasificación se situaba el equipo colchonero, intratable durante todo el curso, a excepción del último tercio de liga. Tres derrotas y dos empates prácticamente consecutivos entre las jornadas 29 y 37, devolvían la esperanza al conjunto levantino que se situó a muy pocos puntos del liderato.

Luís, sabedor de que las ligas se deciden en las últimas ocho jornadas, comenzó a creer que el milagro era posible y convenció a sus jugadores de ello. Siempre pendiente del más mínimo detalle, en más de una ocasión advertía a sus jugadores de que no quería que salieran por la noche; los quería concentrados al cien por cien y no quería la más mínima distracción y mucho menos a la luz de la luna.

Luis Aragonés junto con su preparador físico Jesús Paredes.
Luis Aragonés junto con su preparador físico Jesús Paredes.

En la fulgurante remontada de puntos al Atlético en la segunda vuelta, el Valencia se sobrepuso a dos grandes adversidades. La primera la lesión del joven goleador Pepe Gálvez, que se rompió los ligamentos de la rodilla en el campo del Betis. El brasileño Viola, inadaptado hasta entonces, coge el testigo y comienza a marcar goles, celebrados con una particular danza que provocó el popular cántico de “Uh! Ah! Viola!”.

El otro golpe fue el acuerdo alcanzado por el yugoslavo Mijatovic con el Real Madrid. La noticia conmocionó a la afición valencianista, que vio como a las primeras de cambio, su estrella se marchaba rumbo a la meseta castellana en busca de títulos que en la costa levantina se le hacía muy difícil de obtener. Pese a ello, Luís confió en él y éste respondió a base de goles. Sin duda alguna, él fue el gran protagonista de este Valencia. Pese a ser un mediapunta que promediaba no más de diez-doce goles por temporada, Aragonés lo recolocó en la punta de ataque y le prohibió desgastarse en tareas defensivas para que diera rienda suelta a su descaro y talento. El resultado: 28 goles. Nunca más, se acercó a esa cifra goleadora; y todo ello gracias al entrenador de Hortaleza. No fue el único cambio que introdujo. El mediocentro guineano Vicente Engonga pasó a brillar como líbero en la defensa en la que el lateral Otero se reconvirtió en un expeditivo central. El resultado fue que Luis logró hacer un equipo a su imagen y semejanza: un equipo muy fuerte en defensa y brillante en el contraataque.

Luis Aragonés Valencia CFEl 20 de abril de 1996, el Atleti visitaba un Camp Nou que vio un auténtico partido de buen fútbol y goles. Un 1-3 parecía dejar muy encarrilado el alirón hacía el Calderón; pero por ahí se asomaba el conjunto valencianista, más cuando la semana siguiente el Valencia visitaba el estadio atlético. Era el partido de la Liga.La distancia entre los dos equipos era de siete puntos. Luís, gran psicólogo y sabedor de la gran importancia del partido, provocó un terremoto en Paterna días antes del choque al decir aquella frase de que: “Jesús Gil está acojonado; porque se acojona con bastante facilidad”. La victoria psicológica y mental la ganó el Sabio de Hortaleza; y, evidentemente, también el del fin de semana. Había liga. A falta de cuatro jornadas, el Valencia se ponía a cuatro puntos del Atleti. Los valencianos llegaban enrachados al último tramo de la Liga; mientras que los colchoneros iban cuesta abajo, quizás por no disponer de lo que hoy llamarían jugadores de banquillo pues solamente Juanma Súper López y el argentino Biagini relevaban a alguien del once titular.

En la siguiente jornada, los dos equipos cumplían en sus respectivos partidos: victoria por la mínima del Valencia y triunfo a domicilio del equipo madrileño en Compostela. Una semana después, el Salamanca, ya descendido desde hacía varías jornadas, visitaba el Vicente Calderón. Un tempranero gol de Kiko hacía presagiar un partido fácil para los pupilos de RadomirAntic; sin embargo un despiste defensivo colchonero era aprovechado por Stinga para empatar el partido. Pasaban los minutos y el gol colchonero no llegaba. El fantasma del Pupas asomaba por el Paseo de los Melancólicos, pues en ese momento el Valencia, que había cumplido frente al Español gracias a un solitario gol de Fernando, se ponía a dos puntos del liderato. Pero, una genialidad del jerezano Francisco Narváez “Kiko” volvía a poner por delante al equipo de la ribera del Manzanares. Jesús Gil estallaba de alegría y júbilo en el palco de su estadio consciente del significado del gol. El Atleti salvaba el segundo match y al Valencia se le complicaban las cosas ya que a falta de dos jornadas, el liderato seguía a cuatro puntos.

En la penúltima jornada, los rojiblancos viajaban a uno de los equipos revelación de aquella temporada: el Tenerife de Juan Antonio Pizzi y Jupp Heynckes. Si había alguna posibilidad de que el Valencia tuviera opciones de salir campeón pasaba por el pinchazo en Tenerife. Los colchoneros estuvieron a merced de los chicharreros de cabo a rabo durante todo el partido; y sólo pudieron sacar un punto gracias a un gol en propia puerta del Tenerife a la salida de un córner faltando cinco minutos para la conclusión del partido. Pero, pudo ser peor para los madrileños si no hubiera sido por el clamoroso fallo a puerta vacía de Carlos Aguilera, futbolista formado en la cantera del equipo colchonero. Luis Aragonés tardó lo justo en decir “ese ya está fichado por el Atleti para la temporada que viene”. Así fue…

Pese a ello, los Che todavía tuvieron una posibilidad de salir campeón veinticinco años después: el Albacete debía ganar en Madrid al igual que el Valencia en Vigo. Aquel viaje que supuso el epílogo de la temporada no fue para Luis Aragonés especialmente tenso. El entrenador sabía que era muy difícil ganar el título cuando el Atlético, lo tenía en la mano. “Aquí, alimentando la mentira”, decía al que se le acercaba para preguntarle por sus sensaciones antes del partido. Tenía claro que ‘su’ Atleti no iba a fallar. Y así fue, los tantos de Simeone, de cabeza, y de Kiko, con la pierna izquierda tras asistencia de José Francisco Molina, daban el primer, y de momento único, Doblete a la entidad de la ribera del Manzanares. Además, el Valencia  que debía ganar en Galicia no lo hizo; empató.

Si bien Aragonés, en su extenso refranero, insistía en que “de los subcampeones nadie se acuerda”, la huella del Valencia del curso 95-96 sigue presente, veinte años después. Fernando Gómez Colomer, en una entrevista a Levante EMV destacaba el trabajo realizado por el de Hortaleza en Valencia: “La meroticracia se instaló en el vestuario. La sinceridad, lo apropiado y lo justo de sus palabras nos favoreció muchísimo. Exprimía a los jugadores importantes y el resto se sentía útil porque el esfuerzo se recompensaba con minutos. Sacó lo mejor de nosotros. Yo quería jugar hasta lesionado”.

En este mismo periódico, su amigo y preparador físico, Jesús Paredes recuerda lo siguiente: “Cuando años después volvíamos a Valencia con la selección, Luis no podía dar dos pasos sin que lo parase la gente, en los 200 metros que había que caminar hasta el estadio. Continuó siendo un ídolo para la afición, se le tenía mucho cariño y era algo recíproco. Él también lo sentía para el valencianismo”.

La ciudad del Turia fue una plaza conquistada por Luis Aragonés. Ningún valencianista olvida aquella apasionante temporada en la que el título de Liga a punto estuvo de aterrizar en Manises, a costa de robárselo, todo hay que decirlo, a “su” Atlético de Madrid. El valencianismo volvió a ilusionarse con un título gracias al trabajo, sacrificio y humildad de sus jugadores; porque el VCF. siempre fue eso: sudar y competir. En 1996, el Valencia tenía licencia para soñar; y Luis fue quién puso la primera piedra.

Artículo de Vicent Morellá Fuset para Hortanoticias

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