Un podio mundial y una vida en Xirivella: la historia de Ramón ‘Tarzán’ Sáez

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¿Cuántos jóvenes que hoy entrenan en las instalaciones del polideportivo Ramón Sáez conocen la historia del hombre que convirtió una bicicleta en una forma de abrirse camino? ¿Cuántos sabrían enumerar algún de sus grandes éxitos en el ciclismo (entre ellos un tercer puesto en un Mundial de ciclismo ganado por Eddy Merck en un apretado sprint)?

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Ramón Sáez, primero por la izquierda, en el campeonato del mundo de ciclismo de 1967

Hoy en Hortanoticias, le contaremos la historia de Ramón Sáez Marzo, uno de los primeros ciclistas españoles de la posguerra en alcanzar un podio mundial. Su historia, sin embargo, también se explica desde el trabajo, la familia y el arraigo que encontró en Xirivella.

Conocido en el mundo del ciclismo como ‘Tarzán’. El sobrenombre tenía que ver con su físico: medía cerca de 1,90 metros y destacaba por su envergadura en un pelotón en el que no era habitual encontrar corredores de su altura. La comparación con el personaje de la selva terminó convirtiéndose en una seña de identidad que lo acompañó durante toda su carrera.

Nacido en Utiel en 1940, Ramón creció en una familia trabajadora. Su primer acercamiento a la bicicleta tuvo algo de rivalidad entre hermanos: el menor, de baja estatura y aficionado al ciclismo amateur, recibía las burlas de Ramón. Aquella provocación terminó volviéndose contra él. Se subió a una bicicleta con la intención de superarlo y descubrió que tenía unas condiciones físicas extraordinarias. Lo que empezó como una disputa familiar abrió una puerta que nadie había previsto.

Antes de que los equipos importantes se fijaran en él, Sáez trabajó en la industria cerámica de Manises. Su trayectoria no nació en una estructura profesionalizada, sino en un entorno donde el trabajo ocupaba buena parte del día y el deporte exigía encontrar tiempo, recursos y oportunidades. Más tarde, el cambio de oficio y su llegada a un taller de bicicletas en Xirivella lo acercaron todavía más al mundo que terminaría marcando su vida.

En las competiciones locales empezó a llamar la atención por su explosividad y, sobre todo, por su capacidad para resolver los finales de carrera. Un aficionado al ciclismo se fijó en su talento para el esprint y decidió apostar por él, obteniendo beneficios con sus victorias. Ramón había encontrado su terreno. No necesitaba dominar todos los escenarios de una carrera para resultar determinante: su principal virtud aparecía cuando el pelotón se aproximaba a la línea de meta y la velocidad comenzaba a decidirlo todo.

En 1957 ya competía como amateur y acumulaba trofeos y reconocimiento. El siguiente salto llegó en 1960, cuando fue seleccionado para representar a España en los Juegos Olímpicos de Roma. Participó en la contrarreloj por equipos, donde el conjunto español obtuvo la octava posición. Para un corredor procedente de una familia humilde y del trabajo cotidiano, llegar a unos Juegos suponía entrar en un escenario internacional al que no se accedía únicamente con voluntad. Hacían falta rendimiento y una estructura que respaldara al deportista.

Su mirada estaba puesta después en Tokio 1964. Las diferencias con el seleccionador, según recoge la documentación familiar, lo dejaron fuera de la convocatoria. El relato conserva una imagen difícil de suavizar: Ramón se quedó en el aeropuerto, sin billete y sin poder viajar. Aquel episodio afectó a su moral, pero no terminó con su ambición. En 1964 alcanzó el segundo puesto en el campeonato mundial de contrarreloj por equipos, celebrado en Sallanches. La plata confirmó que su capacidad competitiva no se limitaba a las llegadas al esprint.

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Su carrera internacional continuó con el fichaje por el equipo francés Margnat-Paloma, con el que consiguió victorias en Portugal y una etapa en la Volta a Catalunya. En 1966 llegó al Ferrys. La evolución era evidente: el corredor que había empezado a destacar en pruebas locales se encontraba ya integrado en estructuras de mayor exigencia competitiva.

La Vuelta a España de 1967 confirmó ese crecimiento. Sáez consiguió dos victorias de etapa y debutó en el Tour de Francia formando parte de la selección española. El ciclismo de entonces tenía una dureza que hoy cuesta imaginar. Las etapas podían superar los 250 kilómetros, los maillots eran de lana y los recursos de recuperación distaban mucho de los actuales. El corredor debía administrar sus fuerzas, interpretar la carretera y encontrar la manera de llegar a meta. En ese contexto, la velocidad de Ramón tenía un valor especial.

El reconocimiento internacional llegó en el Mundial de ciclismo en ruta celebrado en Heerlen, Holanda, donde consiguió la medalla de bronce. Su bronce tuvo una dimensión histórica, aunque conviene precisar el antecedente: el ciclismo español ya había logrado una medalla mundial antes de la Guerra Civil, la plata de Luciano Montero en 1935. Sáez devolvió a España al podio de la prueba en ruta después de más de tres décadas y se colocó entre los mejores corredores del mundo.

En la memoria de su hijo, Germán Sáez, permanece también una lectura de aquel campeonato: Ramón arrancó tarde para ponerse a rueda de Jan Janssen cuando el neerlandés ya acusaba el cansancio. Quizá, de haber reaccionado antes, la historia habría sido distinta. Es una de esas hipótesis que acompañan a los deportistas cuando el resultado se queda cerca de algo todavía mayor. El bronce, en cualquier caso, ya estaba conseguido.

La medalla no transformó su carácter. Quienes lo conocieron siguieron recordando a un hombre afable, humilde y poco amigo de las asperezas. En 1969 volvió a demostrar su nivel al proclamarse campeón de España en ruta y sumar dos nuevas victorias de etapa en la Vuelta. También llegó a vestir el maillot amarillo como líder de la carrera, uno de esos sueños que cualquier ciclista profesional guarda durante años. Su palmarés acabaría incluyendo siete triunfos de etapa en la ronda española.

El carácter tranquilo de Ramón no debe confundirse con falta de temperamento. El pelotón profesional era un espacio de jerarquías, rivalidades y tensiones. Uno de esos episodios ocurrió en la Volta a Catalunya de 1970, cuando venció a Luis Ocaña en un esprint. La victoria provocó bromas entre los integrantes del pelotón dirigidas al corredor derrotado. La situación terminó con una agresión: Ocaña golpeó a Ramón y lo tiró de la bicicleta de una patada. Sáez respondió agarrándolo del cuello.

El enfrentamiento tuvo consecuencias disciplinarias. Ramón fue expulsado de la competición, una decisión que, según el relato recogido en el reportaje original, consideró injusta por la versión posterior de los hechos que difundió el periodista José María García. La historia dejó una herida personal. También muestra que detrás del corredor amable había alguien dispuesto a defenderse cuando sentía que se había cruzado una línea.

En 1971 sufrió una lesión en la clavícula durante la Vuelta a España. La dolencia condicionó su continuidad y en 1973 llegó la retirada definitiva. La carretera dejó paso a otra pasión. La ornitología, una afición heredada de su padre, fue ganando espacio hasta convertirse en parte central de su vida. Los jilgueros y su canto empezaron a acompañar a un hombre que se alejaba de los focos deportivos.

Año 1965.Campeonato de España de contrarreloj por comunidades Selección Valenciana de izquierda a derecha Ramón Sáez, Angelino Soler y José Manuel Quesada
1965. Campeonato de España contrarreloj por comunidades Selección Valenciana de izquierda a derecha Ramón Sáez, Angelino Soler y José Manuel Quesada

Durante sus años como ciclista ya disfrutaba de los paseos para escuchar a las aves y observarlas. Después de la retirada, aquella afición encontró un lugar definitivo. Participó en concursos de ornitología y obtuvo primeros premios. También desarrolló un negocio familiar en Xirivella, una armería donde vendía canarios y ropa deportiva, actividad que ayudaba a sostener a la familia. El hombre que había pasado años persiguiendo ruedas encontró después satisfacción en escuchar el canto de un pájaro.

Su recuerdo sigue presente. El polideportivo municipal de Xirivella lleva su nombre, una referencia que mantiene vinculada su trayectoria con la vida deportiva de Xirivella. Los aficionados veteranos todavía recuerdan su nobleza y su capacidad para competir, pero también al hombre que, después de abandonar la bicicleta, prefirió una existencia más tranquila.

Ramón Sáez falleció en 2013. Había dejado atrás una carrera que incluía siete etapas en la Vuelta, el campeonato de España y una medalla mundial que abrió una página importante en la historia del ciclismo español. Pero quizá la mejor manera de entender su legado no sea volver una y otra vez a sus resultados. Está también en el recuerdo de quienes compartieron carretera con él, en las historias que conserva su familia y en la presencia de su nombre en las instalaciones deportivas de un municipio que lo hizo suyo.

Porque los pueblos no siempre recuerdan a quienes más aparecen en los periódicos. A veces recuerdan a quienes salieron de sus calles, llegaron lejos y nunca dejaron de pertenecer a ellas. En Xirivella todavía queda una pregunta: ¿cuántos jóvenes que hoy entrenan en sus instalaciones conocen la historia del hombre que convirtió una bicicleta en una forma de abrirse camino?

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