Evolutivamente

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Los tres mayores rasgos diferenciales del humano respecto al resto de animales son el raciocinio, la superlativa capacidad de comunicar y la conciencia. El consenso transversal entre las diferentes disciplinas científicas señala un momento clave en el desarrollo de nuestros primeros impulsos racionales: el instante en el que nos ponemos en pie.

Al incorporarse sobre las extremidades inferiores, nuestro simio precursor descubre sus manos y empieza a pensar qué hacer con ellas. Ese pensamiento constante, esa necesidad de inventar utilidades para las nuevas y poderosas herramientas, desencadenaron una formidable rapidez evolutiva. Luego sobrevino la sofisticación del lenguaje, que nos permitió compartir códigos cada vez más complejos y elaborados. Y, por último, en una suerte de combinación de las dos facultades anteriores, pudimos desarrollar una conciencia individual y colectiva de la propia existencia y de su fin inevitable. No en vano, somos la única especie capaz de transmitir entre sus individuos la certeza de la muerte, aun cuando somos ejemplares jóvenes y distantes del deceso.

Todas esas ventajas pueden ser también catalogadas como inconvenientes, tanto por exceso como por carencia. Si aterrizamos el asunto en el siglo XXI comprobamos que el raciocinio se ha vuelto un concepto ajado y feo, toda vez que el hablar sin respirar se erige en imbatible trending topic. Perdemos el interés por cimentar las ideas; solo conviene decir, proyectar, lanzar al mundo argumentos ora derechos ora torcidos. Protagonismo, en una palabra.

No diré que en la desnortada derecha española abundan calcados ejemplos de lo que digo. Y deseo hacer constar que no lo he dicho. En esos casos la facilidad transmisora que nos caracteriza acaba lastrando cualquier razonamiento. Ni falta que hace, oiga. Gana la palabra, pierde el pensamiento. Trump, otro ejemplo. Nos gusta pensar que la conciencia reparará, en última instancia, los desmanes evolutivos. Pero la conciencia, que es la más lista de todas, prefiere fingir ignorancia.

Y por qué no decirlo: uno mismo ejemplifica lo que denuncia. Las apreturas del ecosistema humano te desvinculan del reposo y la maduración que requiere cualquier discurso. Y así vamos, tratando todo el día de ordenar las ideas y de establecer prioridades. Nada nuevo, supongo. Imagino a aquel primate, ocupado todo el día en una mística contemplación de sus manazas.

Y llegado el caso, debatiéndose entre la modalidad dos por dos o cuatro por cuatro. ¿Camino a dos patas o meto la reductora? Pobre animal, tanto esfuerzo para acabar siendo uno de nosotros. En fin, que ganó la opción erguida, la gallarda, la altiva.

En cuanto a maneras siempre nos ha podido el orgullo. Pero mientras corría, cazaba y amaba enfundado en su nueva condición bípeda, ese furibundo y ancestral ser trabajaba en silencio sus conexiones neuronales. La altivez y el buen porte han sido siempre atributos muy ensalzados por el conservadurismo. La evolución no visible, la del pensamiento, se sigue llamando progreso.

[ Michel Montaner | alcalde de Xirivella y diputado del PSPV en les Corts | @MichelMontaner ]

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