Hay noches que no terminan cuando deja de llover. Siguen en las casas llenas de barro, en los campos arrasados, en el miedo de quien vuelve a mirar al cielo y se pregunta si tendrá que empezar de cero otra vez.

La DANA Adam ha vuelto a golpear el litoral valenciano. En algunos puntos se han superado los 600 litros por metro cuadrado. Ha habido víctimas mortales, rescates e inundaciones que han destrozado vidas y cosechas. Detrás de cada cifra hay alguien que ha perdido mucho más que cosas. Y no hay consuelo posible en decirle que esto es solo mala suerte.
Porque, después de octubre de 2024, ya sabíamos que no bastaba con lamentarse cuando el agua se retirara.
La ciencia lleva años advirtiendo de lo que tenemos delante. Juan Bordera, periodista, activista climático y diputado de Compromís en Les Corts Valencianes, alertó antes de la DANA de 2024 de que el calentamiento del Mediterráneo estaba alterando las condiciones que alimentan estos episodios extremos. Antonio Turiel, físico e investigador del Institut de Ciències del Mar del CSIC, lleva años explicando la relación entre la crisis ecológica, los límites materiales y un modelo económico que se comporta como si el planeta no tuviera límites.
No eran profetas. No son adivinos ni tertulianos de esos programas que lo mismo te hablan de ovnis que de política. Son voces que nos piden algo tan sencillo -y tan incómodo para algunos- como escuchar a la ciencia.
Y los datos son contundentes. Un estudio de la Universidad de Valladolid y la AEMET, publicado en 2026, estimó que el cambio climático intensificó un 21 % la tasa de precipitación en un periodo de seis horas durante la DANA de octubre de 2024. También amplió un 55 % el área afectada por lluvias superiores a 180 litros por metro cuadrado. El calentamiento global no explica por sí solo cada inundación, pero agrava el riesgo. Ignorarlo ya no es desconocimiento: es irresponsabilidad.
¿Y qué hace el Consell del PP? Demasiadas veces, convertir el territorio en una oportunidad de negocio: más cemento, más presión urbanística, más turismo y la vieja fe en que crecer siempre es progresar. Hasta se ha presentado la ampliación de la temporada turística, favorecida por el aumento de las temperaturas, como una oportunidad económica. Hay que tener estómago para vender como ventaja lo que, para tantas personas, significa más calor, más presión sobre el territorio y riesgos crecientes.
No se trata de estar contra el turismo ni contra el trabajo. Se trata de preguntarnos qué economía queremos y a quién sirve. Una economía que genera beneficios para unos pocos y deja a la ciudadanía frente al barro no es progreso. Es un negocio con las pérdidas socializadas.
La lluvia no entiende de siglas. Pero las decisiones políticas sí importan: dónde se permite construir, cómo se protegen los barrancos y las zonas inundables, qué infraestructuras se mantienen, cuánto se invierte en prevención y cómo se alerta a la población. No podemos evitar cada episodio extremo. Sí podemos reducir sus daños y evitar que la vulnerabilidad se convierta en condena.
Y aquí está la cuestión que más duele: después de una tragedia, siempre aparecen las promesas. Lo difícil es cumplirlas cuando las cámaras se marchan y las calles dejan de ocupar los titulares. Las personas afectadas no necesitan discursos compungidos ni otra fotografía institucional. Necesitan respuestas, ayudas que lleguen, prevención real y la certeza de que no se las va a abandonar cuando pase la emergencia.
Desde la izquierda, defender el territorio no es una consigna verde para adornar un programa. Es defender la vida cotidiana de la gente: la casa de quien trabaja, la cosecha de quien vive del campo, el barrio de quien no puede permitirse empezar de nuevo. Es entender que la justicia climática también es justicia social: quienes menos responsabilidad tienen en esta crisis suelen ser quienes menos recursos tienen para protegerse de ella.
La noche más larga empieza cuando pasa la tormenta y todo sigue igual. Cuando se estudia la catástrofe, pero no se corrigen sus causas; cuando se promete prevención, pero se vuelve a priorizar el negocio; cuando se pide paciencia a quienes ya lo han perdido casi todo.
No podemos seguir creciendo de manera descontrolada. Ni podemos permitirnos continuar por la misma senda después de décadas de crecimiento sin planificación, sin límites y sin una mirada de futuro. Toca hacer autocrítica, repensar el modelo y poner sobre la mesa medidas valientes: medidas que mejoren la vida de la gente, garanticen su seguridad y tranquilidad, respeten el territorio en el que se implantan y cuiden las relaciones entre las personas y la naturaleza.
No hay futuro sin territorio. No hay seguridad sin prevención. No hay perdón sin justicia. Y no hay política decente que pueda mirar a los ojos a las personas afectadas y pedirles que acepten otra vez lo inevitable, si ni siquiera hemos hecho todo lo posible para evitarlo.
[ Julio Álvarez Marín | Responsable de Medio Ambiente, Territorio, Sostenibilidad y Patrimonio de l’Horta de EUPV Horta Sud | @j.alvmar ]









































































































































































































