Carta a Calixte 004 “Recuerdos dulces y otros amargos – Parte 1ª” – Autobiográfico

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“La vida y la muerte son dos puntos en el mismo lugar de una circunferencia. Cada paso que damos durante la vida, representa una muerte. Y cada muerte es inicio de vida.”

Sinto petit

25/01/2005

¿Recuerdas tu infancia? A menudo me viene al recuerdo momentos vividos cuando tenía cuatro años, en Barcelona, mi padre, mi madre, mi hermano Jacint y mi hermanita Montserrat, los cinco, también los abuelos de casa, nos trasladamos a Barcelona, desde Juncosa de les Garrigues. Le habían ofrecido trabajo a mi padre, al “Sinto”. Una empresa de electricidad tenía el encargo de llevar a cabo todo lo que hace referencia a la parte eléctrica del campo nuevo que se estaba construyendo para el  F.C. Barcelona, en Las Corts. Esta empresa, la “MEI” decidió que les era más provechoso contratar a una persona que elaborase los paneles donde debían fijar los focos, que buscar una empresa externa que lo hiciera. Por razones que desconozco, nunca le pregunté a mi padre y ahora ya es tarde, falleció el veinticinco de octubre de dos mil trece, y no tengo costumbre de comunicarme con las personas muertas, le eligieron a él. Recuerdo el día que me hizo sentar en el asiento trasero de la “Lambretta”, me dijo que me agarrara bien fuerte a él y me llevó al lugar donde trabajaba, tenía cuatro años y sólo recuerdo las vías del tranvía por la zona de los “QUINZE” en el paseo Maragall – avenida de Borbón. Yo disfrutaba como un loco.

Vivíamos en el piso de la “padrineta”, Magdalena, y su marido Josep, al que nombrábamos “el tío Torner” que era su apellido, ya que había sido depositado en el torno de la inclusa, en Barcelona. Era costumbre poner este apellido, o el de Expósito, a los que dejaban sin ninguna documentación a las inclusas. La pareja no tenía hijos, el tío, que era viudo, tenía una hija con el anterior matrimonio, pero no vivía con ellos. Magdalena era la hermana de mi padrino, el de casa, el Josepet. En Lleida, todos son “padrinos y padrinas”, unos son los que te llevaban a bautizar, estos son los padrinos de fuentes, estos son los padrinos de fuentes, y tienen derecho a elegir el nombre con el que te han de bautizar. En caso de que seas un niño, es el padrino quien elige el primer nombre, la padrina el segundo y el cura el tercero, por ejemplo, a mi hermano Jacint le bautizaron como Jacint (por el padre de mi padrino Josepet) Pau ( por el padre de mi madre, fusilado en 1936) Ramon (por alguien del cura). El cura del pueblo elegía Ramon para todos los niños. En caso de ser niña, la padrina elige el primero, el segundo el padrino y el tercero el cura. La que te es la padrina de fuentes te da la “mona” el domingo de Pascua.y la que és la padrina de fuentes te da la “mona” el domingo de Pascua.

Me parece que era el tercer piso, en una escalera con entresuelo, principal, primero, segundo, tercero y ático. En el piso de debajo vivía la familia Mora – Domingo, o sea, la hermana de mi padre, Elvira, el tío Jaume, sus hijos, Josep Maria y la Maria Dolors y la Señora María, madre de mi tío Jaume. Bueno, Josep  María estaba en el hospital de Sant Joan de Déus, tenía problemas en una pierna que le hizo estar en el hospital más de un año. Quedó con algunos efectos secundarios en la pierna. De vez en cuando, nos dejaban ir a verlo. Recuerdo aquel hospital y no me gusta el recuerdo.

Mi madre, la Lola de Ca la Marineta, bajaba al piso de mi tía Elvira, por las tardes. Sentada junto a un flexo con una luz muy pobre, cosía el nombre de la empresa “MEI” en la ropa de trabajo de aquella empresa, era un trabajo que le aportaba un dinero bastante necesario. Por la mañana, mi madre nos hacía levantar. Nos lavaba y vestía, calentaba un poco de leche, nos sentaba en la encimera de mármol de la cocina y nos la hacía beber, sin azúcar. Era leche de vaca, sin adulterar, recuerdo mucho aquel sabor de la leche, me gustaba mucho. Cuando sentíamos unos carraspeos muy familiares, nos preparábamos para ir a la escuela. Era mi “padrinet” Josep Maria, el único hermano de mi madre. Él vivía en el piso de debajo del que vivíamos nosotros, el piso de mi tía Elvira y mi tío Jaume. Cada mañana subía a buscarnos para llevarnos a la escuela, él, después de dejarnos en la escuela, se encaminaba a la calle Avinyó, a “Cal Nos”, a trabajar, fue su primer trabajo en Barcelona.

Recuerdo con dulzura aquel paseo hacia la escuela, estaba en la calle Unión y nosotros vivíamos en la calle Carmen 33, junto al pequeño túnel, de la calle Jerusalén, que comunica la calle Carmen con la Plaza Gardunya y llega hasta la calle Hospital, entonces, atravesábamos este túnel, entreteniéndonos con los escaparates de las tiendas que había a cada lado. Salíamos a la Plaza Gardunya donde estaba la salida/entrada de la parte posterior del mercado de la Boqueria. En la plaza quedaban algunas paradas y los carros y vehículos que suministraban las mercancías a las paradas del mercado, todo era un alboroto muy particular. Atravesada la plaza, y por la calle Jerusalem, llegábamos a la calle Hospital y a otra plaza, la de Sant Agustí con su emblemática Iglesia de Sant Agustí, y desde allí y por la calle Arc de Sant Agustí, atravesábamos la calle Sant Pau hasta llegar a la calle Unió, a la escuela, que estaba en un primer piso, el Principal, recuerdo vagamente a la portera del edificio y a la Directora de la escuela, la Señora Carmen que nos dijo, a mi hermano y a mí, que cuando entráramos a la escuela, nada de hablar en catalán, sólo en “ESPAÑOL”. Yo tenía cuatro años y mi hermano cinco y medio, no habíamos oído hablar en castellano, hasta entonces, y no nos quedó más remedio que aprenderlo deprisa. De la estancia en la escuela, pocos recuerdos guardo.

Debido al sistema escolar de aquellos años, el primer día nos pusieron en la misma aula, a mi hermano y a mí, al día siguiente nos separaron y lloré mucho. Pasados unos días, tenía amigos, bueno, más amigas que amigos, lo que durante mis sesenta y cinco años siempre ha sido así. En una ocasión en la que nos quedamos sin maestra en el aula, la maestra había ido a ver a la directora por no sé qué, todos y todas, empezamos a hacer tonterías, yo decía que hablaba en francés, no lo había escuchado nunca pero soltaba unos ruidos por la boca que hacían reír a todo el mundo del aula. Comíamos en el colegio y, terminada la jornada estudiantil, nuestra madre nos esperaba para llevarnos a casa, menos en dos ocasiones, cuando estuvo hospitalizada por un aborto natural, que nos vinieron a recoger, mi tía Elvira, y otro día una vecina del edificio.

De vuelta a la calle Carmen 33, por las mismas calles pero a la inversa, y como era tiempo de otoño y, luego, invierno, el cielo no lo veíamos azul, bien, no lo veíamos de ningún color, la gran cantidad de luz de las calles y de las tiendas no nos dejaban apreciar nada que estuviera más arriba de los edificios. Ya en casa, a merendar y hacer los deberes, más tarde, a cenar y dormir, teníamos ganas, desde las ocho de la mañana hasta las ocho, o nueve, de, noche, ya teníamos suficiente. A rezar aquello de: “Jesusito de mi vida, eres niño como yo, por eso te quiero Tanto y te doy mi corazón. ¡Tómalo! Tuyo es, y mío no”. Un dulce beso de mi madre y, dulces sueños de niño feliz. Hasta mañana.

Sinto Petit | @Sinto_petit | Ganador del I concurso de Tuit-Relatos de Hortanoticias

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