Carlos Piera: “La claridad espiritual es la que cada vez tenemos más desconectada y descuidada como sociedad”

Carlos Piera es cofundador de Delivering Happiness, una consultora que acompaña a las empresas a transformar su cultura organizativa para mejorar el negocio y el bienestar de sus empleados. Durante más de diecisiete años ha acompañado a líderes y equipos en dicha transformación. Consultor, formador, conferenciante internacional y coach ejecutivo, ha trabajado con compañías de todos los tamaños y sectores en más de treinta países. Antes de hablar de claridad, Carlos dedicó gran parte de su carrera a explorar la felicidad en el trabajo… hasta descubrir que, sin claridad, la felicidad no se sostiene. Además de thought-leader empresarial, es practicante de kung-fu, esquiador, navegante, eterno aprendiz de filosofía y apasionado del crecimiento humano. Acaba de publicar su libro ‘¡Acárate!’.

Pregunta: En ‘¡Aclárate!’ defiendes que muchas personas viven desconectadas de lo que realmente quieren. ¿En qué momento sentiste la necesidad de escribir este libro?

Portada del libro.

Carlos Piera: La verdad es que no hay un momento específico. Han sido muchos años de frustración, impotencia y búsqueda por falta de claridad, tanto en mi vida personal como profesional. Recuerdo muchísimas reuniones comerciales con clientes donde perdíamos horas intentando averiguar cuál era el problema real. A veces, ni ellos mismos lo sabían. Y, cuando parecía que conseguíamos algo de luz, aparecían nuevas dudas: presupuestos desconocidos, prioridades difusas, objetivos poco definidos. Y yo me preguntaba: ¿por qué pasa esto? ¿Es falta de transparencia? ¿Miedo? ¿Desconfianza? ¿O simplemente falta de claridad para reconocer que no sabemos algo? Esas experiencias empezaron a despertar en mí preguntas cada vez más profundas: ¿cómo sería un mundo con más claridad? ¿Cuánto más eficientes seríamos? ¿Cuántos conflictos nos ahorraríamos? Poco a poco, empecé a experimentar. Primero conmigo mismo, luego con mis equipos y después con clientes. Algunas veces de forma explícita y otras sin siquiera utilizar la palabra ‘claridad’, porque reconozco que puede sonar un poco abstracta o incluso intimidante. Vi mejoras y resultados, pero también descubrí algo importante: el camino era correcto, aunque mucho más complejo de lo que imaginaba. Por eso empecé a escribir. Necesitaba estructurar algo que parecía sencillo, pero que, en realidad, estaba lleno de matices. Durante casi tres años dejé el libro aparcado mientras ejercía como director de RR. HH. de BUFF. Curiosamente, seguí haciendo experimentos de claridad cada día, pero no escribí una sola línea. Mi salida de la compañía fue también un ejemplo clarísimo de lo que ocurre cuando falta claridad por múltiples razones. Y ahí volvió a encenderse la chispa.

Poco después, me fui a China a entrenar kung-fu con monjes shaolin. Recuerdo perfectamente una mañana: eran las 5:30 A.M. y estábamos en el primer entrenamiento del día. Yo corría detrás de mis compañeros intentando seguirles el ritmo y, de repente, renació la idea. Esa misma tarde retomé la escritura. Seis meses después, el libro estaba terminado.

P.: Distingues entre claridad intelectual, emocional y espiritual. ¿Cuál de las tres crees que tenemos más descuidada como sociedad?

C.P.: Probablemente, la dimensión que más trabajamos es la intelectual. Estamos obsesionados con los datos, los análisis, los indicadores y la información. Y eso tiene mucho valor, pero una cosa es tener información y otra muy distinta tener claridad. La claridad intelectual sigue siendo necesaria porque, muchas veces, fallamos en las preguntas antes incluso de llegar a las respuestas. Creo que tanto la emocional como la espiritual son dimensiones de claridad difíciles de explicar, difíciles de medir, más difíciles de trabajar y, por tanto, las tenemos más olvidadas. Es cierto que la claridad emocional ha ganado mucho terreno en los últimos años. Cada vez hablamos más de salud mental, emociones, vulnerabilidad o inteligencia emocional. Todavía nos queda mucho camino por recorrer, pero al menos la conversación está encima de la mesa. La que creo que sigue más descuidada es la claridad espiritual, ya que es un camino de absoluta confianza y, si me lo permites, de fe; no una fe religiosa, sino esa confianza ciega, sin pruebas, que sabes que está ahí y que ciertas respuestas llegan en tiempo y forma ajenas a tu control. Claramente, la claridad espiritual es la que cada vez tenemos más desconectada y descuidada como sociedad, ya que trasciende al ser, y el mundo es cada vez más individualista y más ‘del TikTok’, ‘del modelito’, de la necesidad de likes y validación externa. No creo que haya una dimensión mejor o más válida que otra; creo que la magia está en cultivar las tres y buscar el equilibrio necesario para pensar, sentir y ser de forma clara y coherente.

P.: También hablas de cómo muchas veces construimos un personaje para encajar. ¿Es posible tener éxito sin perder autenticidad?

C.P.: ¿Qué quiere decir tener éxito? Si medimos el éxito con ganar dinero, montar empresas, conseguir un estatus concreto… Entonces sí, se puede tener éxito con o sin autenticidad. Si definimos éxito como ese estado donde nos sentimos orgullosos de nosotros mismos con lo que somos, con lo que hemos creado, con lo que aportamos a los que nos rodean, que tenemos lo suficiente para evitar el sufrimiento, para vivir con felicidad y dignidad… Entonces la respuesta es que, si sacrificas tu autenticidad para conseguir X, tendrás potencialmente muchas cosas, pero éxito, no lo creo. Por lo tanto, ¿es posible tener éxito sin perder autenticidad? Por supuesto, no solo se puede, sino que, tras muchos años viendo a personas “de éxito”, las que más han alcanzado esa palabra eran las personas más auténticas, más fieles a sus valores, que tomaban decisiones en base a lo que creen, quiénes son y cómo entienden el mundo. Evidentemente, por el camino, su autenticidad les ha puesto dificultades, ya que una persona auténtica no encaja en todos lados ni con todo el mundo. Me gusta mucho una frase de Risto Mejide que dijo: “Si lo que haces le gusta a todo el mundo, estás haciendo algo mal”.

P.: Hay una idea muy potente: que muchas personas llegan lejos profesionalmente, pero siguen sintiéndose vacías. ¿Por qué ocurre eso?

C.P.: Creo que muchas veces confundimos éxito con alineación; por eso podemos llegar lejos y sentirnos vacíos al mismo tiempo. Nos pasa porque entramos en la rueda de la competitividad, la productividad, el estatus o una definición de éxito que, muchas veces, ni siquiera hemos elegido conscientemente nosotros. Y, poco a poco, empezamos a tomar decisiones que nos alejan de quienes somos realmente. Hay una pregunta que me gusta mucho: ¿cuántas vidas hay en una misma vida? Porque si elijo ser ejecutivo, profesor de yoga, monje en un monasterio o emprendedor… ¿esa decisión me define para siempre? Yo creo que no. Creo que la vida tiene etapas. Observando a muchas personas, da la sensación de que solemos vivir ciclos de unos 10 a 20 años en los que cambian nuestras prioridades, nuestros intereses y nuestra forma de entender el mundo. El problema aparece cuando convertimos decisiones temporales en identidades permanentes. Entonces ocurre algo curioso: conseguimos exactamente aquello que perseguíamos y descubrimos que ya no somos la misma persona que empezó a perseguirlo.

Carlos Piera.

He conocido directivos que alcanzaron el puesto que soñaban y, sin embargo, sentían un enorme vacío. No porque hubieran fracasado, sino porque habían cambiado y no se habían dado permiso para revisar el rumbo. Y ahí es donde la claridad se vuelve tan importante. Porque la claridad no solo te ayuda a decidir qué camino tomar, también te ayuda a darte cuenta de cuándo ha llegado el momento de cambiar de camino sin sentir que estás fracasando. Al final, una vida con claridad no es una vida sin cambios. Es una vida en la que te das permiso para evolucionar sin perderte a ti mismo por el camino.

P.: Combina reflexión filosófica, experiencia personal y herramientas prácticas. ¿Cómo nació ese enfoque tan híbrido?

C.P.: Pues supongo que una parte nace de mi propia personalidad y otra parte viene de mi formación profesional. Me considero espiritual y me encanta filosofar, pensar, elucubrar sobre el pasado, el presente y el futuro. Es cierto que llega un momento en que me gusta entender para qué sirven las cosas y cómo puedo llevarlas a mi día a día. Si no, sirven para una conversación con un buen vino, pero para poco más. No me gusta darle vueltas a un problema porque sí. Me gusta ir a: “¿Y esto cómo lo solucionamos?”. Además, he sido emprendedor toda mi vida y consultor de personas/RR. HH., y me he enfrentado a retos abstractos constantemente, por lo que me he ganado la vida creando herramientas prácticas para afrontar situaciones emocionales y filosóficas en las organizaciones, donde todo parece muy tangible, pero, más a menudo de lo que pensamos, los drivers de la toma de decisiones son más bien emocionales. Mi obsesión siempre ha sido convertir ideas profundas en herramientas útiles.

P.: Si un lector terminara ‘¡Aclárate!’ con una sola idea grabada en la cabeza, ¿cuál te gustaría que fuera?

C.P.: Que la claridad empieza por uno mismo. Me gustaría que el lector entendiera que nosotros somos los primeros responsables de buscar claridad, trabajar la claridad, pedir claridad, dar claridad y gestionar la claridad que encontramos por el camino. Vivimos esperando que alguien nos diga qué hacer, que nos dé respuestas o que nos confirme que vamos por el buen camino. Pero la claridad rara vez cae del cielo. Hay que salir a buscarla y trabajarla. Hay que estar dispuesto a hacerse preguntas incómodas y a escuchar respuestas que quizá no nos gusten. Los demás pueden ayudarnos, acompañarnos o inspirarnos; incluso pueden iluminarnos durante un tramo del camino. Pero nadie puede hacer por nosotros el trabajo de aclararnos. Por eso el libro se llama ‘¡Aclárate!’, porque el verdadero protagonista de ese proceso eres tú.

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