Clara Campoamor y Victoria Kent compartieron tribuna, tiempo histórico y exilio, pero la memoria ha tendido a enfrentarlas alrededor de un debate: el sufragio femenino. En ‘Donde habita tu reflejo’ (Espasa), Ana G. Herráez recupera a dos figuras fundamentales de la historia española para sacarlas del relato conocido y llevarlas al terreno de la ficción. A partir de sus trayectorias reales y de los años que el exilio dejó en sombra, la escritora imagina otros encuentros, complicidades y caminos posibles entre dos mujeres que, más que adversarias, funcionan como reflejo la una de la otra. Una novela atravesada por la memoria y la lucha por unos derechos conquistados que, como recuerda Herráez, nunca deberían darse por definitivamente asegurados.

Pero ‘Donde habita tu reflejo’ se adentra también en un territorio mucho más íntimo. Al exilio y el desarraigo de Clara Campoamor y Victoria Kent se suma la historia de Anne Bishop, una periodista que, a través de los papeles de su madre, recibe el encargo de reconstruir las memorias de Campoamor. Una búsqueda en la que el pasado va revelando sus silencios y que acaba enfrentando también a Anne con los suyos.
– ¿Cómo nace ‘Donde habita tu reflejo ‘y por qué decide rescatar a Clara Campoamor y Victoria Kent para esta ficción histórica?
– Estaba interesada en escribir sobre alguna figura determinante de la historia española. No sabía muy bien si iba a ser un hombre o una mujer y me vino a la cabeza Clara Campoamor. Indagué un poco más porque, como tantos otros, conocía los cuatro rasgos principales de su historia: fundamentalmente, que gracias a ella tenemos el derecho al voto. Pero, cuando empecé a investigar, apareció también la figura de Victoria Kent y me pareció que eran dos personajes con los que se podía hacer algo si los sacaba del contexto habitual en el que aparecen en otras obras. Necesitaban un poco de ficción para alejarlas de la imagen que tenemos de ellas. Así surgió la novela. Pensé que podía darle una vuelta a su historia y devolverles algo de lo que, sobre todo Clara Campoamor, nos dio, aunque también Victoria Kent.
– Sitúa además la historia al final de sus vidas y construye un viaje que nos lleva por España, Suiza, Nueva York o Argentina, con la Segunda Guerra Mundial y los campos de concentración también presentes. ¿Cómo traza ese itinerario entre realidad y ficción?
– La vida real me dio ese itinerario porque tanto Clara como Victoria Kent se exiliaron. Clara Campoamor pasó por distintos lugares antes de acabar en Argentina, donde permaneció quince años. A partir de ahí intervine con la ficción para llevarla a otros sitios y hacer que sus caminos se cruzaran. También tomé el itinerario real de Victoria Kent, que desde España fue a Francia, donde ayudó a evacuar a niños y exiliados, y posteriormente acabó en Nueva York.
Utilicé también mucho el espacio de Argentina porque me daba bastante juego. Los quince años que Campoamor pasó allí, y de los que no se sabe demasiado, me permitieron introducir acontecimientos. Pero, básicamente, el mapa lo trazaron ellas. La realidad me dio el itinerario y yo me he permitido algunos giros y movimientos más, pero la base está ahí.
– ¿Cómo se consigue casar toda esa ficción con los acontecimientos históricos y mantener la verosimilitud del relato?
– Gran parte de los hechos que cuento, sobre todo en la primera parte de la novela, son hechos históricos que pueden constatarse: la infancia de Clara, su juventud, el itinerario que siguió hasta convertirse en diputada y lo que ocurrió después con el estallido de la Guerra Civil. En el caso de Victoria Kent sucede exactamente lo mismo.
Me centro en sus trayectorias personales y profesionales reales para, a partir de ahí, aprovechar esos años de silencio en el caso de Clara y los años en los que Victoria tuvo que permanecer oculta. Cuando los nazis entraron en París, en junio de 1940, Victoria desapareció durante cuatro años porque estaba en las listas negras franquistas y era fundamental que no la encontraran.
A partir de esos huecos fue más fácil introducir la ficción y darles una segunda oportunidad para seguir luchando por sus ideales, como hicieron en la vida real, pero desde otro tipo de actividades. Además, encajaban muy bien en aquel contexto: la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, los conflictos diplomáticos, el secretismo, las coaliciones… El mapa europeo y mundial estaba muy agitado. Era un escenario ideal para situarlas porque fueron mujeres de acción, aunque quizá no del tipo de acción en el que yo las coloco en la novela.
– Uno de los momentos fundamentales de su relación es el debate en el Congreso sobre el sufragio femenino. Victoria Kent ha quedado asociada muchas veces a su oposición al voto de las mujeres, pero usted introduce los matices de aquella postura. ¿Qué importancia tenía recuperar hoy aquel debate?
– Ellas fueron pioneras. Clara Campoamor fue quien logró el derecho al voto y, aunque Victoria Kent haya pasado a la historia por haberse opuesto, siempre hay que explicar por qué lo hizo. No se oponía a que se concediera el voto a las mujeres, sino que consideraba que las mujeres de aquella época todavía no estaban preparadas por las circunstancias que las rodeaban: la influencia del confesor, de la Iglesia o de los maridos sobre su voto.
Cuando en 1933 ambas perdieron su escaño, precisamente el primer año en el que votaron las mujeres, muchos dijeron que Kent tenía razón y que no debería haberse concedido el derecho al voto. Yo creo que la historia, la historia de verdad, es circular y hay hechos que se van sucediendo.
En aquel momento las mujeres no teníamos los mismos derechos y ahora todavía no está todo equilibrado, pero entonces había que dar un paso adelante, había que dar un manotazo en la mesa. Creo que este debate encaja muy bien con el presente y puede ayudar al lector actual a comprender también lo que está sucediendo ahora. Se dice que, cuando vienen determinados cambios en la historia, los primeros derechos que decaen son los de las mujeres, y podemos estar precisamente en un momento de la historia así.
Los derechos son una cosa frágil y si no se lucha por ellos pueden volver a decaer. Me interesaba recordar de dónde venimos y hacia dónde podemos ir, por ese concepto circular de la historia que, por desgracia, sigue ocurriendo.
– Hay un concepto que atraviesa la novela: humanidad. ¿Es también una forma de preguntarnos qué ocurre cuando la perdemos de vista?
– Sí. Lo que destaco es lo que ocurre cuando perdemos de vista esa humanidad. Mencionar los campos de concentración sirve también para recordar que muchas veces perdemos de vista ese concepto de humanidad. Si no tratamos a los demás como nos gustaría que nos trataran, al final todo se va al garete.
Clara Campoamor, antes que feminista, se consideraba humanista, y me parece una puntualización muy importante porque realmente estaba interesada en proteger al ser humano: hombres y mujeres, porque humanos somos todos al final. Victoria Kent también.
– Durante mucho tiempo se ha presentado a Clara Campoamor y Victoria Kent como contrincantes. Sin embargo, en la novela construye entre ellas una complicidad que acaba convirtiéndolas casi en reflejo la una de la otra. ¿Era importante romper con esa imagen de adversarias?
– Es todo ficticio, no tenemos ningún dato que permita afirmar que existiera esa relación. Pero, una vez que entramos en el terreno de la ficción, me apetecía que funcionaran así. Puesto que siempre se las ha presentado como contrincantes, quería que funcionaran un poco como reflejo. De hecho, el concepto del reflejo está presente en toda la novela.
Creo que, sobre todo mis Clara y Victoria ficticias, funcionan así porque sus trayectorias fueron muy parejas: las dos fueron diputadas, las dos tuvieron que exiliarse y abandonar su país… Todo eso crea un vínculo que, si no existió, debería haber existido. Y hay otras circunstancias similares en sus vidas, como acabar conviviendo con una mujer extranjera que las apoya y se convierte en su ancla en otro lugar.
Clara hablaba de esas “raíces cortadas” e incluso intentó escribir una novela con ese título. Esas raíces, de algún modo, no mueren, sino que son sustituidas por otras personas, por esos apoyos: Antoinette Quinche, por un lado, y Louise Crane, en el caso de Victoria. Creo que sus vidas tuvieron muchos paralelismos y por eso, para mí, funcionan muy bien como reflejo.
– Ese juego de reflejos aparece también en la propia estructura de la novela. Las distintas voces van completando la historia y ofreciendo perspectivas diferentes sobre unos mismos acontecimientos. ¿Cómo construye esa estructura?
– Creo que la historia necesitaba una tercera voz que no fuera la de ellas dos. Necesitaba a alguien que pudiera reunirlas, contextualizar al lector y, al mismo tiempo, alejarnos de vez en cuando de aquella época. El lector necesita también un poco de respiro y entrar en una historia que no sea exactamente la de ellas, pero que pueda engancharle porque es una historia muy personal.
Utilizar varios narradores me permitía distribuir mejor la información y dosificarla para que llegara al lector en el momento en que yo quería. Lo complicado era conseguir que las voces no fueran iguales: que Clara Campoamor no sonara como Victoria Kent y que ninguna de ellas sonara como el narrador. Después vuelve a cambiar cuando le doy la palabra a la periodista Anne Bishop.
Al final hay tres o cuatro voces narrativas. Es la primera vez que utilizo tantos narradores. Siempre había trabajado con un narrador en tercera persona y la experiencia me ha gustado mucho.
– También juega con la primera y la tercera persona. ¿Ese cambio de perspectiva permite tomar distancia frente a lo que nos sucede?
– Sí, porque no siempre es fácil enfrentarnos a nuestras propias cosas. A veces necesitamos distanciarnos, y ese es también uno de los usos que puede tener la escritura. Si le das a otro la voz para hablar de tus propios problemas, a veces encuentras soluciones. He intentado hacer un poco de eso, incluso algo de terapia, con estas dos mujeres, que la necesitaban.
– La novela es además muy coral y está poblada fundamentalmente por voces femeninas. Alrededor de Campoamor y Kent aparecen otras mujeres que tejen redes de apoyo. ¿Hasta qué punto esas redes pertenecen a la ficción y hasta qué punto existieron realmente?
– Yo he contribuido a ellas con mi novela, pero esas redes existieron. Se crearon entre poetas, literatos, exiliados políticos… Esas redes de apoyo fueron importantísimas porque permitieron que mucha gente saliera adelante. En el caso de Clara y Victoria, evidentemente existieron también esos apoyos porque yo no he inventado ni a Antoinette Quinche ni a Louise Crane. Esa red se tejió y creo que entre medias tuvo que haber muchas más personas.
Hubo un tiempo, por ejemplo, en el que todo el mundo se preguntaba si habían matado a Victoria Kent porque se produjo un silencio absoluto alrededor de ella. No se sabía si había acabado en las cárceles franquistas o en una cuneta. Pero había gente que decía haberla visto en algún lugar o que sabía dónde había sido vista por última vez. Desde América Latina hasta Suiza o París, donde había muchísimos exiliados, pasando por el sur de Francia, existieron redes de comunicación que se mantuvieron y ayudaron a que toda aquella gente sobreviviera.
– ‘Donde habita tu reflejo’ supone también un cambio respecto a sus primeras novelas, vinculadas a la fantasía. ¿Qué retos ha encontrado al adentrarse en una ficción de estas características?
– Realmente, las tres primeras novelas que me publicaron fueron de fantasía, pero ya había escrito otras dos que todavía no están publicadas y que fueron las que me abrieron las puertas de esta editorial. A mí lo que me importa no son los géneros, sino las historias.
En los últimos años me tira más la realidad que la fantasía, aunque mis fantasías siempre son muy reales. Los géneros fantásticos también permiten hablar de la realidad a través de símbolos o de cualquier otro recurso. Los temas que se tratan en la ciencia ficción, por ejemplo, nos atañen si sabemos extrapolarlos a la vida real.
Pero estoy en un momento de mi vida en el que me interesa más el mundo real. Tengo escrita una ficción contemporánea que espero que salga en algún momento y también una novela negra, que nunca pensé que escribiría. No soy una persona de género, me gusta pensar que soy una escritora de historias. La siguiente, ni idea de qué será. La historia es lo que me mueve y luego, si encaja en un género u otro, ya se verá.
– Habla de un creciente interés por la realidad y, en la novela, el pasado acaba dialogando constantemente con nuestro presente. ¿La escritura se ha convertido también en una forma de mirar el momento que vivimos?
– Sí. Tal y como está ahora el mundo, y también por el momento de mi vida en el que estoy, tengo mucha más conciencia política, de dónde estamos y hacia dónde vamos. Me están entrando más ganas de plasmar este mundo porque veo que se nos acaba un mundo que conocemos, de valores, de tradiciones, de una determinada forma de vida.
Evidentemente, esa buena vida ha sido para los privilegiados y no ha existido en todas partes, pero en nuestro país hemos tenido unos años bastante buenos.
Quizá hemos sido muy autocomplacientes. Hemos tenido cierta paz quienes hemos sido privilegiados, no porque seamos millonarios, sino porque hemos podido disfrutar de un nivel de vida más o menos aceptable. Pero nuestra forma de vida y determinados valores, como la bondad, la humanidad, las buenas maneras o el respeto, se están perdiendo. Y no solamente entre las generaciones nuevas. Hay gente mayor también tremendamente maleducada. Creo que estamos llegando a un fin de ciclo y me apetece hacer que ese tiempo aguante un poco más, aunque sea en la ficción.
– Por último, hay un componente mucho más íntimo que recorre la novela de manera sutil: el amor. ¿Es también uno de los motores de la historia de estas mujeres?
– Sí, porque creo que estas mujeres necesitaban esos vínculos. Sabemos que no tuvieron relaciones con hombres, o al menos no tenemos constancia de ellas, pero sí tuvieron círculos familiares y de amigas y espacios en los que reunirse con otras mujeres.
En el caso de Clara, tenía un vínculo muy fuerte con su madre. Debió de ser muy traumático marcharse con ella en aquellas condiciones y saber que probablemente llegaría un momento en el que tendría que dejarla.
Creo que Clara encontró en Antoinette Quinche, fuera del tipo que fuera la relación que mantuvieron, esa ancla, esa persona que estaba ahí para ella. Yo he inventado el tipo de relación que aparece en la novela, pero Antoinette existió y compartieron parte de sus vidas.
En el caso de Victoria y Louise Crane ocurre algo parecido. Victoria me da la sensación de ser una mujer más contenida, quizá más independiente y menos dada a mostrar esas conexiones. Clara parece más expansiva y Victoria más contenida. Son contrapuntos también en ese sentido. Sus caminos avanzan en paralelo, se bifurcan, se separan y vuelven a encontrarse. Y ahí vuelve a aparecer, de alguna manera, el reflejo.






























































































































































































