Martita de Graná llena el teatro Olympia de humor descarado

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Martita de Graná en uno de sus espectáculos.

Monologuista iniciada desde el territorio visual de Youtuber, Martita de Graná llegó al teatro Olympia batiendo récords de público. Sus cinco actuaciones en solitario, como humorista, coparon las butacas del recinto teatral de una poderosa hinchada femenina (casi un 80%) que aplaudió a su artista desde el mismo instante que entra en escena. Su gira por el país es un calco de lo que se vio en Valencia: llenazos con espectadores que oscilan entre los veinte pocos y treinta y pocos años. Sin duda fans y seguidores (seguidoras mayormente) que han hecho crecer la fama de Martita de Graná desde las redes sociales siguiendo sus gracias.

Lata de cerveza en mano, zapatillas de deportes, mallas negras y camiseta rockera Martita se planta ante el pie del micrófono, da un largo trago de cerveza, saluda a la entregada audiencia y agradece emocionada la bienvenida. La acompaña un alto taburete, que solo usa como depositario de su bebida, y comienza su espectáculo de humor transitando por reconocidos hechos y acontecimientos, del quehacer diario, que (en mayor o en menor medida) rodea el universo femenino: la relación de pareja y el sexo, el gimnasio y el sexo, la discoteca y el sexo…   Sí, el sexo es una constante a lo largo del todo el monólogo. Martita, tras su acento granadino (y sus recursos de argot como chocho, polla, tía, surullo…), utiliza las zonas bajas del cuerpo para elaborar un humor descarado y soez que permite que su personaje (en ocasiones reconvertido en su propia persona, algo así como que es “ella misma”) convierta su exposición al público en un non-stop de palabrotas y comentarios escatológicos. Para dar juego a este recorrido Martita permite la interacción del público (a gusto con este intercambio) que hace ver que cuanto ella relata no solo forma parte de su vida sino que forma parte de un relato común o…, al menos identificativo socialmente. Personaje y persona juegan a mostrarse como una misma unidad creadora. Martita incluso aporta breves imágenes de su cotidianidad mostrando su relación con su madre, fotos de sus perritos o lo que hace por su casa. Su universo teatral es ser la chica desenfadada, mal hablada y buscona que recrea su personaje con la supuesta mujer que es tras bambalinas. Su espontaneidad (que la tiene) es una de las bazas que juega Martita para atrapar a sus seguidores. Tras 80 minutos de monólogo confidencial, la humorista agota los restos de cerveza y proclama su libertad femenina (y la hace colectiva con la audiencia) en aras de ser como quien dice ser: mujer, humorista y descarada. Manifiesta que es cervecera, fumadora, generosa a las oportunidades del sexo, descuidada en las comidas, feliz de su barriga y su celulitis, y bajo esos mimbres sostiene su show. Bienvenida sea su propuesta si un elevado grupo de espectadores aceptan las reglas de juego. Algunos desearíamos que sus monólogos aborden temas menos socorridos donde la subversión no sea solo recurrir a caca, culo, polla o chocho (recuerda a párvulos traviesos pero dirigido a adultos) para generar un humor. Se agradecería algo más más ingenioso y sagaz.

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