Catarroja se rindió a un magistral José María Pou en ‘Moby Dick’

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El pasado sábado el Teatre Auditori de Catarroja (TAC) se llenó por completo para disfrutar de la obra ‘Moby Dick‘ con un impresionante José María Pou. Una adaptación de la obra de Herman Melville que, con texto de Juan Cavestany bajo la dirección de Andrés Lima, puso al público en pie aplaudiendo durante más de diez minutos.

Y no era fácil, habida cuenta del riesgo que presentaba el formato, con un solo acto sin interrupción que ya desde el punto de vista meramente físico debió suponer un reto tanto para Pou como para Jacob Torres y Óscar Kapoya. Dos fantásticos actores, por cierto, que supieron no sólo estar a la altura sino dar el Do de pecho al lado y junto a un grande como José María Pou, lo cual no es nada fácil.

Esto sin olvidar el reto que supone, ya per se, colocar sobre las tablas la cubierta de un barco, la atmósfera marina y, sobre todo, la mente del capitán Ahab. En este sentido, sobresaliente sería un término insuficiente para tratar de calificar lo visto en el TAC el sábado.

La puesta en escena resultante de la visión de Andrés Lima, viejo conocido por cierto de la pequeña pantalla al que hay que felicitar, no sólo consiguió trasladar al público de forma sencilla, natural y nada forzada a bordo del Pequod, sino que equilibró el tempo y las transiciones de la obra de tal forma que consiguió llevarlo -al público, me refiero- justo detrás de los ojos y la psique atormentada del mismísimo capitán Ahab.

Allí gobernaba la escena, por encima de todo y de todos, el maestro José María Pou, que no escatimó en recursos para desgarrar hasta el dolor más inhumano un discurso de todos conocido, pero pocas veces retratado con tanta fuerza y tan magistralmente. Decir que Pou alcanzó con su actuación el alma del público se queda corto. Pero es una realidad que la tensión muscular con la que más de uno salió del TAC constata sin duda alguna.

Así vivimos, palpamos y sentimos a un capitán Ahab ya mutilado por la gran ballena blanca que, en un ejercicio provocado y sin duda bien medido, se sublimaba como alter ego hasta formar parte del escenario y la atmósfera, en momentos asfixiante, tal y como el sentir de Ahab requería. Moby Dick se tragaba a Ahab sin entrar en escena y, aunque no estaba, convergía con él en un combate anímico que irremediablemente consumía al célebre marino a ojos de un público entregado.

En definitiva, los que tuvimos la suerte de vivir esta magnífica adaptación de la novela de Melville, sentimos el sufrimiento de Ahab como nunca antes, ayudados por las fantásticas interpretaciones vocales y coreográficas de los dos marineros que completaban el relato y aportaban al personaje central más trascendencia aún si cabe. Y cerrando el círculo, Pou incorporaba una musicalidad a sus frases que mecía al público al compás de las olas a bordo del Pequod y ‘cantaba’ cada golpe de mar a capricho. Nadie como este incontestable maestro del Teatro español sabe convertir su texto en melodía, sinfonía…, música.

Y todo ello al servicio del tormento, la voluntad consumida y enloquecida por el encuentro de Ahab con la ballena blanca. Un viaje interior que llega a desdibujar el otro viaje, el evidente, situando al barco, las olas y el mar mismo como mero escenario en el que la moribunda psique del marino expresaba su decadencia en toda su dimensión. Sublime.

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