El Mantequilla Team

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El Comité de Competición del fútbol patrio ha emitido un veredicto sobre el famoso ‘botellazo’ con que un chaval de 17 años contestó a los insultos del multimillonario Neymar, al consumarse el atraco a mano armada -lo mantengo y lo seguiré manteniendo- que el señor Undiano ejecutó con nocturnidad y alevosía el pasado domingo en Mestalla. Es historia vieja y relamida la del lanzamiento de objetos al terreno de juego en los estadios de fútbol, una práctica tan estúpida como reprobable, sea lo contundente que sea el objeto, desde una bombona de butano hasta una botellita de plástico, vacía. Vaya por delante. Por eso me parece hasta bien que al Valencia CF le hayan impuesto una multa de 1.500 euros. Además de corregir este tipo de comportamientos, hay que poner todos los medios para evitarlos o, al menos, dificultar la posibilidad de que ocurran.

Algunos de estos lanzamientos han quedado para la historia, algunos tristemente recordados como el de la bengala que se le clavó en el pecho y mató a un chaval de 13 años en el ya desaparecido estadio de Sarrià durante un Espanyol – Cádiz, otros severamente corregidos como el del jugador del Granda Dani Benítez contra el colegiado Clos Gómez, y otros sencillamente anecdóticos -gracias a Dios- como aquella cabeza de cerdo que le lanzaron a Luis Figo en un Barça – Real Madrid cuando el portugués ya lucía de merengue.

Pero quiero llamar la atención sobre un hecho calcado al del pasado Valencia – Barça que tuvo hace unas temporadas como protagonista al ex entrenador del Levante UD y el Sevilla FC, entre otros, cuando dirigía al Athletic de Bilbao. Era un Villarreal – Athletic en el Madrigal, y el siempre expresivo Joaquín Caparrós gesticulaba en la banda cuando, desde la grada, alguien lanzó una botella de agua de características muy similares a la que motiva esta columna, e impactó en la parte posterior de su cabeza. El bueno de Joaquín ni se inmutó, seguramente en parte por la tensión del encuentro, en parte por la poca consistencia del objeto y distancia desde la que se había lanzado. Tuvo que ser el cuarto árbitro el que reparara en el hecho. ¿Se imaginan a Caparrós cayendo desparramado cual piel de plátano al mullido césped con los brazos abiertos y cara de Ecce Homo? Pero Caparrós es Caparrós.

La cuestión es: ¿Qué ocurrió después del ‘botellazo’? Reproduzco lo que al respecto relató en su día el diario El Correo, en su canal dedicado al Athletic de Bilbao. Subrayo la procedencia de la fuente: El Correo Vasco. Bilbao. Canal del Athletic de Bilbao. Leamos:

Hay detalles que pasan desapercibidos. Como el que quedó registrado ayer en el minuto 38 de partido. Joaquín Caparrós está en el área técnica dando indicaciones a Llorente cuando cae sobre su espalda un objeto, aparentemente una botella de agua. De plástico y vacía. El entrenador rojiblanco, tan metido en el encuentro, ni se inmuta. Es evidente que el impacto no le ha provocado ningún dolor. Sin embargo, la jugada no pasa por alto para Juan Manuel López, el cuarto árbitro del Villarreal-Athletic. Inmediatamente, se dirige al banquillo del conjunto rojiblanco, recoge el objeto lanzado, lo entrega al delegado de campo y saca una tarjeta para anotar lo sucedido. Sin embargo, la agresión al entrenador no tiene reflejo en el acta arbitral. Fernández Borbalán debería haber citado el asunto en el apartado sobre el público, pero lo único que pone es «ninguna» al referirse a incidencias acaecidas en el choque.

La reflexión es tan evidente que casi ni hace falta formular el enunciado. ¿Dónde radica la diferencia? Sin duda alguna, en la reacción de la ‘víctima’. En las imágenes que la televisión ha ofrecido del ‘botellazo’ de Mestalla, se ve claramente cómo la botella de plástico cae con tan poca fuerza que lo hace enmedio de los jugadores e incluso llegan a levantarla unos centímetros con los brazos, tras lo que cae mansamente al césped y, como si un rayo cayera en ese momento, dos jugadores con un largo historial de ‘méritos’ extradeportivos y comportamientos polémicos, caen fulminados al césped de Mestalla, que a lo mejor no está tan mullido como el del Madrigal…, o sí, vaya usted a saber. No me he tirado en él como un saco de patatas para comprobarlo.

¿Dónde quedó aquél código de honor y elegancia que impusieron en el vestuario blaugrana mis admirados Xavi Hernández y Carles Puyol? Aquel Barça, consciente del espejo que constituye la figura del deportista de élite, especialmente para el público infantil, derrochaba elegancia, respeto al rival y a la deportividad. Luis Suárez, Neymar y Messi, considerados quizás los mejores jugadores del planeta, se lo han cargado en un segundo. Y lo peor de todo es que lo han hecho con el beneplácito y defensa de su club. Que pase el siguiente.

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