La escena del crimen del Papa sonriente: Juan Pablo I

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Juan Pablo I. Foto 3

En las diecinueve habitaciones de los aposentos el silencio es total. Para llegar a ellas se puede usar la escalera secreta que desemboca muy cerca. La cantidad de polvo muestra que nadie la ha usado en decenios, aunque si se observa bien hay unas pisadas recientes. Los escalones terminan en un largo pasillo cuyas paredes están repletas de retratos del mismo tamaño. El último difiere de los otros por la amplia sonrisa de su personaje. Este tiene sus manos en alto y la derecha, borrosa, parece saludar.

Por el resquicio inferior de la puerta del fondo sale un chorro de luz. Adentro el amplio estudio se encuentra casi vacío. Sólo hay un escritorio y un estandarte de libros. Este último no tiene –como muchos creen- ninguna edición de La imitación de Cristo,   una obra del siglo XV que habitualmente se le atribuye a Thomas Kempis. Sobre la mesa de trabajo hay una fotografía de dos ancianos con una niña. La misma está autografiada: “Besos tío, tu sobrina Pía Luciani”. Un calendario que señala el año 1978 posee un imán rojo y circular sobre el día 28 de septiembre. Al lado reposan varios casettes de autoestudio de inglés. Hay además varias cartas, apuntes y documentos. En uno de ellos se lee: “… éste es mi testamento y última voluntad”.

El estudio se comunica con una recámara tan amplia y vacía como éste. Una cama y una mesita de noche son los únicos muebles. Sobre esta última descansa un viejo baqueteado reloj despertador ajustado a las 4:45 – en este instante suena la campanilla-. Lo acompaña un rosario de medicinas: un frasco de Fortil – para mitigar la baja de tensión sanguínea-; Cortiplex –inyecciones cortexadrenal estimulante de la glándula suprarrenal secretora de adrenalina, para paliar la tensión baja-; y píldoras vitamínicas. Sería tan fácil poner una cucharadita del peligroso veneno llamado Digital en alguno de los frascos y hacer que quien lo tomara muriera en menos de seis horas.

En la pared un botón de alarma está oprimido. Al pie de la cama se esconden unas zapatillas salpicadas de vómito. Sobre ella está sentado un cuerpo. Lleva puesto gafas y sus manos sujetan unas escamoteadas hojas de papel. Tiene la cabeza ladeada hacia la derecha y entre sus labios separados se asoman sus dientes. Sin embargo, ya no se parece a la cara sonriente del retrato del pasillo. No es una sonrisa lo que muestra ese rostro sino una expresión de angustiosa agonía.

Juan Pablo I

Una de sus manos tiene un anillo. Desde muy cerca se puede leer la inscripción “Concilio Vaticano II”. Las hojas, fuertemente aferradas, no son –como varios querrían- el informe sobre la situación de la iglesia en Argentina, las notas para la próxima alocución dominical del Ángelus o una disertación a pronunciar ante los jesuitas. Las notas están relacionadas con cambios profundos en la curia romana y en el episcopado italiano.

Aunque el tibio cuerpo no disfruta de pulso, tampoco sufre aún del rigor mortis. Ahora, a 33 días de haber sido elegido como Sumo Pontífice, Albino Luciani, el llamado “Papa sonriente”, que había encandilado al mundo, el montañés que no podía soportar la soledad, muere a solas, mientras la sombra de su asesino se pierde por los pasillos del Vaticano.

Joaquín Pereira | @Joaquin_Pereira | Escritor y Periodista | https://jkpereira.wordpress.com/

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