Olivier Herrera Marín: “Amar es respetar, comprometerse y no dar la espalda a la realidad”

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Olivier Herrera Marín (Alcalà de Xivert, Castellón, 1946) es un poeta cuya vida y obra avanzan en paralelo. Hijo de una familia marcada por la represión franquista, su padre fue asesinado a manos de este cuando él era niño, su escritura nace de la memoria, la dignidad y la necesidad de tomar la palabra. En 1970 se exilió a París, donde se licenció en Sociología en la Universidad de París VIII, sin abandonar nunca la poesía. Ese cruce entre trabajo manual, pensamiento crítico y creación literaria ha definido toda su trayectoria. Su obra poética ha tenido una recepción especialmente significativa en Francia y Estados Unidos. Sus poemas han sido utilizados en libros de texto para la enseñanza del castellano y se han empleado de forma continuada en escuelas y liceos, junto a los poetas clásicos, como modelo claro y didáctico de creación poética.

Peón agrícola, obrero, empresario, poeta, librero, militante y emigrante, Olivier Herrera Marín ha vivido muchas vidas y en todas ha defendido la cultura, la justicia social y la palabra como herramienta de transformación. Herrera Marín acaba de publicar su poemario ‘Amar es libertad’.

Pregunta: Amar es libertad reúne tres poemarios escritos a lo largo de tres décadas. ¿Qué te llevó a sentir que ahora era el momento de reunirlos en un solo libro?

Olivier Herrera Marín: No fue una decisión mía, sino de mi editor, Pedro Sánchez, de Ediciones Doce Calles. Cuando nos conocimos y descubrió mi obra, apostó por ella y me propuso reunir mis poemarios en un solo volumen, aun sabiendo que no era un autor conocido en España. Confiaba en el valor de esos versos y en que merecían ser leídos y dados a conocer.

Portada del libro.

P.: Naciste en Alcalà de Xivert, en plena tierra valenciana. ¿Qué huella ha dejado ese paisaje mediterráneo en tu manera de mirar y escribir el mundo?

O.H.M.: En mi poesía fue decisivo tomar conciencia de mis orígenes y del valor histórico y simbólico de Alcalà de Xivert, Alcossebre y Capicorb, un territorio costero, agrícola y turístico situado a la sombra del Parque Natural de la Sierra d’Irta, frente a las Islas Columbretes y abierto al Mediterráneo, verdadero crisol de lenguas y culturas. Íberos, cartagineses, romanos, godos y árabes dejaron allí su huella en una tierra fértil y generosa. Sus paisajes naturales y sus playas, de una belleza sorprendente, nos reclaman a quienes nacimos en ella un respeto profundo y una defensa firme frente a la especulación y la destrucción paisajística y urbanística.

P.: Tu infancia estuvo marcada por la represión franquista y el asesinato de tu padre. ¿Cómo se transforma una experiencia tan dura en palabra poética?

O.H.M.: Manteniendo la mirada y la cabeza alta al tomar la palabra en público, transformando el dolor en afirmación y reivindicación. Con la fuerza de los verbos ser, respetar y amar, la poesía me permitió nombrar la vida y la muerte y pronunciar, sin miedo, el sagrado nombre de mi padre, rescatándolo del reino oscuro del silencio para hacerlo brillar, en aquellos tiempos de plomo, como una luz imperecedera de memoria y dignidad. Mientras él aparejaba el mulo y labraba los campos de olivos, algarrobos y almendros, trabajando de sol a sol con la hoz y la azada, cantaba a la lluvia, a la buena tierra y a la esperanza de un día nuevo en el que fueran ley el respeto mutuo, la defensa del amor y la vida.

P.: El exilio en París y tu formación como sociólogo ampliaron tu mirada. ¿Cómo dialogan la reflexión política y la emoción en tus poemas?

O.H.M.: Desde que leí a Erasmo de Rotterdam, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Gabriel Celaya, Bertolt Brecht y Erich Fromm, comprendí que la poesía podía pensar la realidad sin renunciar a la emoción. Libros como ‘El arte de amar’ y ‘El miedo a la libertad’ fueron decisivos. La sociología me dio un marco para entender las estructuras del poder y de la vida social; la poesía me permitió traducir ese análisis en experiencia humana. Ambas dialogan en mis poemas: una aporta conciencia crítica, la otra emoción y verdad. De ahí nació mi formación en París, Suecia o Latinoamérica y mi voluntad de escribir desde y para el pueblo llano, del que soy hijo.

P.: Has sido peón agrícola, obrero, empresario, librero, militante y emigrante. ¿Qué te ha enseñado cada una de esas vidas sobre el amor?

O.H.M.: Cada una de esas vidas me enseñó una forma distinta de amar. Como peón agrícola en Alcalà de Xivert y como obrero en Michelin, en Clermont-Ferrand, aprendí el amor ligado al trabajo, a la dignidad y al esfuerzo compartido. Como militante del Partido Comunista, entre 1971 y 1980, entendí el amor como compromiso político y solidaridad. Abrí en 1975 la primera librería de Alcalà de Xivert y Alcossebre gracias a Rafael Soriano, Faustino Linares, del grupo Enlace, Eliseu Climent, de la llibreria 3 i 4, y Lluís Carulla, de Òmnium Cultural. Utilicé la fuerza y el valor del verbo amar y el pensamiento crítico para aliarme con la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) y combatir la dictadura franquista. Años más tarde, el trabajo como empresario de la fruta y mis viajes constantes entre París, Andalucía y Latinoamérica (México, Chile, Argentina, Costa Rica, Perú o Uruguay), me permitieron conocer de primera mano la realidad social, económica y laboral de sus pueblos y comunidades indígenas. Ahí el amor dejó de ser una idea abstracta y se convirtió en responsabilidad. Desde 2016, como miembro del consejo de administración de COLEAD, he podido unir definitivamente poesía y trabajo, palabra y tierra, al impulsar el concurso internacional Las Voces de la Tierra – COLEAD, dedicado al trabajo y la vida, los sueños y el amor de la mujer campesina. Al final, todas esas vidas me enseñaron lo mismo: que amar es respetar, comprometerse y no dar la espalda a la realidad.

P.: Tu poesía ha sido utilizada internacionalmente como modelo didáctico para aprender español. ¿Qué sientes al saber que tus versos acompañan procesos de aprendizaje?

O.H.M.: Al principio sentí estupor y pudor. Me costó creerlo y opté por un silencio prudente, sin saber muy bien cómo asumirlo. Pero la realidad se impuso: desde 1996 mis poemas comenzaron a aparecer en manuales franceses para la enseñanza del castellano, junto a autores como Pablo Neruda o Federico García Lorca. No lo busqué ni estaba preparado para que mis versos acompañarán procesos de aprendizaje y despertaran el amor por una lengua. Por mí mismo y también por Esther, opté por mantener un largo y prudente silencio. Hoy lo vivo como una responsabilidad inesperada y profundamente honesta.

Herrera Marín acaba de publicar su poemario ‘Amar es libertad’.

P.: Tu obra ha tenido una gran recepción en Francia y Estados Unidos. ¿Crees que la experiencia del exilio facilita ese diálogo con lectores de otros países?

O.H.M.: En mi caso, el exilio ha tenido poca o ninguna incidencia directa en la difusión de mi obra. Mi reconocimiento en Francia comienza tras un recital en el Mercado de la Poesía de París, en junio de 1994, que abrió un recorrido inesperado por el ámbito educativo francés, desde sus liceos en Francia y Europa hasta territorios como Nueva Caledonia, las Antillas o Quebec. Lo ocurrido en Estados Unidos es mucho más reciente y fruto del azar. Todo parte de un poema mío en homenaje a Almudena Grandes, que llegó a manos de profesores de ALDEEU y fue incluido en las actas de su congreso de Ourense en 2022. A partir de ahí se sucedieron invitaciones, ponencias y recitales en congresos y universidades. Más que el exilio, ha sido la circulación libre de los poemas lo que ha facilitado ese diálogo con lectores de otros países.

P.: Como poeta valenciano, profundamente ligado a tu tierra, ¿consideras que la cultura y la lengua son también una forma de resistencia?

O.H.M.: Sin duda, la cultura y la lengua son una forma de resistencia y de autoafirmación personal y colectiva. Pero también pueden convertirse en un lugar de conflicto. En mi caso, no haber podido estudiar mi propia lengua y cultura generó una mezcla de impotencia y pudor que no me impedía hablar, pero sí escribir, por respeto a la lengua. Por necesidad y por libertad tomé la decisión de escribir en la lengua que sí pude estudiar durante la larga noche del franquismo. Para hacerlo hay que desprenderse de fobias estériles y aprender a tratar esa lengua ajena de igual a igual, como a una hermana. Al final, lo decisivo no es en qué lengua escribes, sino qué dices, cómo lo dices y a quién te diriges. Toda lengua dominante puede ser un instrumento de opresión, pero también, en manos de quien la conoce y la usa con conciencia, un arma poderosa de subversión, ruptura y liberación. La responsabilidad nunca es de la lengua, sino de quienes la utilizan y de los fines que persiguen.

P.: Si este libro pudiera hablar directamente a las nuevas generaciones, ¿qué te gustaría que descubrieran en sus páginas?

Me gustaría que las nuevas generaciones no perdieran nunca el espíritu crítico ni la curiosidad por entender el porqué y el nombre de cada cosa. Que comprendan que hacerse a uno mismo implica buscar respuestas para ser, salir de la necesidad y alcanzar la libertad sin renunciar a la vida. Que no se dejen vencer por la soledad del individuo convertido en objeto de consumo ni por el miedo que imponen los discursos del poder. Sobre todo, quisiera que descubrieran que no están condenados a la resignación: tenemos la palabra, la razón, la tierra y el agua, y la capacidad de construir una sociedad más justa. Más que esperanza, existe la certeza de que es posible un mundo donde prevalezcan la paz y la libertad, la dignidad, la solidaridad y la defensa del amor y de la vida, también, y especialmente, de quienes son distintos y nos enriquecen.

P.: Después de toda una vida marcada por la lucha, el exilio y la palabra, ¿sigues creyendo que amar es, hoy más que nunca, un acto de libertad?

O.H.M.: El 3 de abril cumpliré 80 años y sí, mi vida ha sido una lucha constante por reafirmarme. Desde niño, cuando no tenía casi nada salvo la conciencia de quién era y una curiosidad insaciable por comprender el mundo y a las personas. He vivido largos años en París, he trabajado, viajado y compartido mi tiempo entre distintos lugares, siempre buscando romper el silencio y vivir con dignidad y libertad. Hoy, en la recta final, antes de volver a ser polvo enamorado, hijo del polvo de las estrellas, lo tengo más claro que nunca: amar es y seguirá siendo un acto creativo de autoafirmación libre y consciente. Un acto de plena libertad, quizá el más profundo y necesario de todos.

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