Pongámonos en situación: Athol Fugard (director, escritor y dramaturgo sudafricano), estrenaba en 1984 ‘Camino a la Meca’, una pieza teatral basada en la vida de Helen Martins, una viuda que, a la vejez (allá por mediados de los años ’70 del siglo pasado), decide iniciar su vocación como escultura en el pequeño poblado de Nieu-Bethesda, en la parte oriental de Sudáfrica, encontrando el rechazo de la comunidad de los afrikáners continuistas del apartheid y la ortodoxia política y social imperante. Su obra, basada en animales y figuras extraídas de textos sagrados, proyectan sus miradas y perfiles hacía La Meca, provocando la rotunda oposición de la comunidad religiosa, netamente calvinista y ultraconservadora, y representada por el líder de la iglesia que busca eliminar las obras que Martins crea en su jardín.

Bajo los mimbres de este contexto histórico, Fugard generó un texto que permitió evidenciar de qué manera la opresión ejercía su poder frente a la creatividad, y cualquier manifestación de libertad de expresión, que pudiera darse ante los dogmas establecidos por la comunidad.
‘Camino a la Meca’ toma las referencias históricas para crear un sólido ejercicio argumental donde un triángulo de personajes (Elsa, una maestra amiga de Martins, encarnada por Natalia Dicenta), el ministro religioso (Carlos Olalla), y Martins (Lola Herrera), cuestiona el poder, la libre capacidad para crear y el abuso de las instituciones sobre la iniciativa personal y los códigos morales y éticos que lo justifican.
Claudio Tolcachir, director argentino responsable de la nueva versión y su puesta en escena, maneja con acierto los hilos de la tensión dramática por donde se mueve la historia. Al tratarse de una obra donde el peso del texto empuja la acción, Tolcachir da lugar a que los intérpretes sacan sus mejores recursos para dar vida a unos personajes intensos y creíbles para una obra que, a lo largo de dos actos, crece en sus interacciones ante un espacio escénico muy elaborado y bien acotado.
Brilla, como siempre, Lola Herrera (toda una gran señora de las tablas), excelentemente acompañada (con total acierto actoral), por la dupla Dicenta/Olalla. Una joyita, vamos.





















