Aroa Moreno Durán: “Estamos perdiendo historia y la memoria es un derecho”

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Aroa Moreno Durán (Madrid, 1981), con la destreza de una tejedora, hilvana historia y ficción para rescatar de los mares de la desmemoria a los últimos fusilados del franquismo, un 27 de septiembre 1975, a través de su último libro, ‘Mañana matarán a Daniel’ (Random House).

Aroa Moreno Durán sosteniendo su libro sobre la memoria histórica.
Aroa Moreno Durán Foto de Arantxa Carceller para Hortanoticias

A unas semanas de la muerte del dictador, Francisco Franco Bahamonde firmó las últimas sentencias de muerte, las de Xosé Humberto Baena -alias Daniel-, José Luis Sánchez Bravo y Ramón García Sanz -Pito-, integrantes del Frente Revolucionario Antifascista y Patriota (FRAP), y Juan Paredes Manot (Txiki) y Ángel Otaegui, componentes de ETA político-militar. Los miembros del FRAP fueron fusilados en el campo de tiro de la Academia de Ingenieros de Hoyo de Manzanares, cerca de la casa de la escritora y periodista madrileña.

Daniel, Sánchez y Pito fueron detenidos y acusados de la muerte del Guardia Civil Antonio Pose Rodríguez. Como tantos otros, pasaron por los sótanos de la Dirección General de Seguridad, la sede de la Brigada Político-Social, y fueron torturados por Antonio González Pacheco, más conocido como “Billy el Niño”. El juicio estuvo plagado de irregularidades y manipulado por los militares. Antes de la noche más larga, varios países europeos rogaron clemencia, e incluso, el Papa Pablo VI, sin embargo, Franco ordenó que nadie lo molestase. Cincuenta años después, Aroa Moreno a modo de crónica, recupera aquellos días, aquellos nombres, en un intento de mantener viva la memoria de uno de los episodios más sombríos de nuestra historia contemporánea.

¿Cómo ha sido el proceso de documentación?

El proceso de documentación ha sido un túnel oscuro. Me ha topado con muchos muros. Todo indicaba que era mejor dejar esta historia atrás. Ha habido varias partes simultáneas. La búsqueda de archivos, la lectura de aquellos sumarios, la recogida de testimonios. Hay un momento, en que el periodista Miguel Ángel Aguilar, al que entrevisté porque estuvo aquel día de los fusilamientos, aunque no le dejaron llegar hasta el sitio, que me dice: hay que estar en el lugar de los acontecimientos. Yo estaba en el lugar. Pisé el talud donde los mataron, pero la tierra no me decía nada. En búsqueda de esa respuesta, empecé a documentarme.

A lo largo del texto, se entrelazan dos historias, por un lado, la de los últimos fusilados por el franquismo y por otro, su historia personal, ¿por qué?

Yo arranqué escribiendo el hallazgo, como esta historia se cruza con mi vida. La parte de crónica, personal o periodística. Y me di cuenta de que la historia de ellos no podía ser contada solo así. Había encontrado la punta de un iceberg. Entonces, decidí levantar los últimos años de la vida de ellos desde la ficción, para imaginar cómo eran, qué sintieron, cómo murieron. Iba a rellenar el agujero de la historia desde la ficción. Lo que pasa es que creí que renunciar a la otra parte dejaba la novela sin equilibrio. Me pareció pertinente meter la historia de alguien que muchos años después mira hacia atrás, y vive junto al sitio donde los mataron, y es madre, y escribe, y se hace preguntas.

En el libro, escribe que nuestra historia está llena de caries, ¿también de silencios?

Convivimos con varios silencios. El silencio que guardaron nuestros abuelos es comprensible. Habían sufrido violencia, tenían miedo, podían ser represaliados, había que sobrevivir. Pero los silencios de después, no hablo ya de las personas, sino el silencio político, ya histórico, me parece que debe ser cuestionado.

Almudena Grandes solía decir que caminamos sobre un filón de historias extraordinarias, sin embargo, ¿por qué cuesta tanto desenterrar nuestro pasado?

A veces no hacemos preguntas porque no queremos saber las respuestas. Hay respuestas que contienen dolor y sufrimiento. Un relato de concesiones o pretendidamente naif sobre nuestra historia es, a veces, más manejable para casi todos. Vivimos esto, sí, pero vamos a dejarlo atrás. A dejarlo estar ahí. Estamos perdiendo historia y la memoria es un derecho.

Fue un juicio sin garantías y hasta diferentes países europeos, e incluso el Papá Pablo VI, solicitaron clemencia, ¿por qué cree que Franco desoyó deliberadamente a la opinión internacional?

Hay una frase en el libro de Rodrigo Rey Rosa, un escritor guatemalteco, que dice: un Estado frágil necesita el terror para sobrevivir. Creo que ahí se contiene muy bien lo que sucedía. Todos los estados frágiles son parecidos.  Franco estaba enfermo y el Régimen también, fue el último zarpazo de una bestia agonizante. Querían demostrar fortaleza, exhibieron crueldad.

Franco murió matando y la transición no fue pacífica, ¿tememos revisitar la historia?

Revisitar es cuando vas por segunda vez, tenemos que abrir esas puertas que nunca se han abierto. Los hitos históricos están ahí: muere Franco, rey Juan Carlos, Amnistía, legalización de partidos, etc. Lo sabemos. Pero y todo lo que concierne a archivos cerrados, probablemente ya conscientemente perdidos, a órdenes que resultaron mortales, a la violencia de aquel proceso, cómo tenemos dudas todavía de lo que pasó casi al final de aquel periodo, en febrero de 1981.

¿Qué opina de la comisión creada por el Gobierno para conmemorar los 50 años?

De la comisión no tengo nada que decir. Del calado de la conmemoración que ojalá no se pierda la oportunidad de contarle lo que sucedió a la gente más joven. Y no sé si eso está pasando.

Por último, y en relación con una frase de su libro, ¿cuán necesarias son las utopías?

Quizá la renuncia a buscar utopías sea una de las grandes derrotas que padecemos. Ya nos han dicho que no puede ser y nos lo hemos creído.

 

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