Una Transición inacabada y nada ejemplar

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En España no es infrecuente que se revise la Historia una y otra vez para adecuarla a los intereses de quien la cuenta. Ejemplos en los últimos cien años hay muchos. Pero si hay uno que merece un análisis aparte es el de la Transición. Para algunos, una época ejemplar en la que se sustenta la democracia actual. Para otros, unos años en los que España pudo avanzar mucho pero se quedó a mitad de camino. Y para cada vez más gente, un período bastante oscuro en el que las élites del régimen lograron unas condiciones muy favorables para no dar cuentas a nadie.

Congreso-diputados

Puede que en aquel momento no pudiera haberse hecho nada mejor, puede que en aquel momento plantear cambios más profundos fuera irresponsable. Puede que ese “español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza”, según Antonio Machado, entendiera que lo importante era salir de una dictadura y conseguir un sistema parlamentario con elecciones libres. Seguramente, en ese contexto, hacer eso era lo más idóneo, y dejar la asunción de responsabilidades de los representantes del régimen franquista en el cajón del olvido.

¿Y ahora? ¿Qué pasa con esa Transición inacabada? Porque el hecho de que no se abordaran entonces temas que podrían ser espinosos no es excusa para que sigan sin abordarse. En los últimos días, ha habido dos noticias que demuestran que esa modélica Transición no lo fue tanto, y que sirvió para perpetuar unos privilegios que aunque han cambiado de cara, siguen estando muy presentesen la estructura misma y la esencia de este país.

Por un lado, la muerte de la Duquesa de Alba. Salvo alguna excepción, ninguno de los medios de comunicación de masas ha elevado un argumentario crítico sobre la aristócrata. La devoción de la inmensa mayoría de la clase dirigente española -tanto económica como política- hacia su figura, sumado a las “demostraciones populares” de afecto y cariño nos retrotraen a épocas decimonónicas, aquella en la que la muerte del señorito del cortijo congrebaba a todos los criados y trabajadores para presentarle sus respetos, una situación que Luis García Berlanga supo plasmar muy bien en su clásica “Escopeta Nacional”. Los privilegios que la Duquesa de Alba mantuvo y amplió durante el franquismo perdudaron durante la democracia, incluso aumentaron con el PSOE, que consideró en su momento que ser latifundista y miembro de la nobleza era signo de progreso.

 

Por otro lado, la querella de una jueza argentina para procesar a altos cargos de Gobiernos franquistas. La Interpol pidió en su momento la detención de los acusados, algo a lo que el Gobierno del Partido Popular se negó. Incluso hay que destacar que uno de los acusados, José Utrera Molina, amenazó a las víctimas del franquismo con querellarse contra ellos si persistían en sus denuncias. – Pueden revisar toda la historia en este enlace-. Gracias a ese pacto de silencio que se firmó en la Transición, ningún alto cargo franquista pagó por sus crímenes, nadie ha dado cuenta desde entonces de un régimen fascista y autoritario que subyugó a los ciudadanos españoles durante casi cuarenta años.

La sociedad española se comporta como si no hubiera pasado nada. Incluso mucha de esa gente afín al régimen se convirtió de la noche a la mañana en demócratas de toda la vida, en gente que veía necesarios esos cambios profundos, unos cambios que no llegaron hasta que Franco murió. En otros países sí juzgaron a sus dictaduras a través de sus altos cargos, en otros países sí se investiga esas dictaduras sin temor a “reabrir viejas heridas”, en otros países los familiares de las víctimas sí saben dónde están enterrados sus antepasados.

 La Transición no se hizo bien, quedó incompleta. Como ya he dicho antes, puede que en aquel momento fuera lo mejor, Sin embargo, después de treinta años, es el momento de acabar esa Transición, de acometer esos cambios profundos que quedaron en el cajón del olvido. Alguien debería recuperarlos. Y esa recuperación no llegará con la clase política actual, esa que debe y bebe sus privilegios de esa Transición. No hay más que oír a todos los que vivieron aquella época, sus alabanzas y loas a aquel proceso y su negativa e incapacidad a debatir de manera crítica sobre aquellos acuerdos. La mitificación de un período imperfecto de la Historia -como casi todos- es el primer paso para que, en un futuro no muy lejano, las próximas generaciones de ciudadanos olviden dicho período. En unos años, la Transición será “esa cosa que se hizo después de Franco para traer la democracia”. De hecho, si lo piensan bien, ya lo es.

Raúl Tárrega Moya | Periodista |  @RaulTarrega | Creador del blog Desde mi Butaca

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