Moncada y la herencia templaria

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La historia de Moncada va íntimamente ligada a la Orden del Temple. De ser un poblado musulmán, su desarrollo se vio impulsado por los intereses de una de las más poderosas órdenes religiosas del Medioevo. Los profesores Enric-Guinot Rodríguez y Ferrán Esquilache arrojan luz a un interesante momento de la historia comarcal a través de su trabajo ‘En els inicis d’una nova societat. Com era Moncada al segle XIII’.
Fue un viernes 13 de octubre, de 1307, cuando la Orden del Temple se vio perseguida, y despojada de todas sus posesiones, gracias a una argucia tramada por el rey francés Felipe IV, el Hermoso, y la anuencia del papa Clemente V. Un baño de sangre, fuego y requisamientos cayó sobre los caballeros cristianos quedando, para siempre, la fecha marcada como un día fatídico.

Los templarios, que tomaban su nombre del Templo de Salomón (que Nabuconodosor destruyó en el 586 a.C), constituyeron la organización religiosa militar con la mayor riqueza e influencia que existía en toda Europa. Tal era el poder de la organización, en el transcurso del siglo XIII hasta su caída a inicios del siglo XIV, que hasta el mismísimo Felipe IV era uno de sus máximos deudores, al igual que otros monarcas y nobles de la época; incluso el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador, cedió en su testamento todas sus tierras a la Orden por las ayudas, préstamos y méritos brindados a su corona.

Los tentáculos templarios no sólo partían de Francia hasta Tierra Santa, si no que abarcaban toda Alemania, España, Portugal y parte de Inglaterra. Aún hoy, en muchos rincones de la geografía española, puede apreciarse la peculiar arquitectura templaria en fortalezas, castillos e iglesias así como un largo listado de pueblos, villas y ciudades que lograron su desarrollo gracias a la intervención templaria.

A pesar de que todavía quedan por localizar, datar y resolver algunos pasajes de la presencia de la Orden en tierras valencianas, algunos estudiosos ya tienen una importante y valiosísima documentación elaborada en torno a la intervención de los templarios en la Comunitat.

Enric-Guinot Rodríguez y Ferrán Esquilache Martí (ambos pertenecientes a la Universitat de València) han indagado en la historia para dar cuerpo a un interesante volumen titulado ‘En els inicis d’una nova societat. Com era Moncada al segle XIII’, publicado por la institución Alfons El Magnànim de la Diputación de Valencia, en donde ofrecen luz a un capítulo del pasado, poco conocido y difundido de la comarca, que ayuda a descubrir los aspectos iniciáticos de nuestra compleja realidad social.

Moncada, población de origen musulmán a principios del siglo XII, era una alquería de labradores árabes que vivían y cultivaban sus tierras (árboles frutales, hortalizas…) casi de forma autárquica y que vendían, en pequeñas medidas, parte de sus productos a otras poblaciones circundantes. Su quehacer diario se correspondía con la típica organización social y laboral de los caseríos, o núcleos urbanos, árabes; pero a partir del año 1235 Jaume I toma la alquería, en su paso para conquistar Valencia (tras tomar Burriana y Peñiscola un año antes), y se la queda como botín al tiempo que hace esclavos a sus habitantes para venderlos.

Debe indicarse que a principios del siglo XIII la presencia y la influencia de la Orden del Temple en los reinos de Navarra y Castilla fue adquiriendo mayor relevancia y, hacia mediados de la centuria, la Orden se afianzó como primera fuerza en el territorio catalano/aragonés. Miembros de la organización religiosa tuvieron una decisiva intervención en la conquista de Valencia, Mallorca y Murcia. Se sabe que el poderoso Jaume I recibió formación de los templarios en el castillo de Monzón (Huesca).

La campaña del rey siempre estuvo ‘bendecida’, sufragada y apoyada por la Orden. La conquista de Valencia fue organizada desde la sede de la Orden de Calatrava (hermandad hostil a los templarios), en Alcañiz, a finales de 1231 y todo el peso de las operaciones militares recayó en órdenes militares/religiosas pertenecientes a los caballeros santiaguistas, calatravos, hospitalarios y templarios, cuyas hermandades no eran originarias del reino de Aragón, lo que evidencia la importancia de las alianzas cívico-militar-religiosa de la época a pesar de las discrepancias entre ellas.

Tras un año de abandono, en 1236, el rey donó propiedades en Moncada a parte de las gentes que habían participado, e intervenido en la conquista, procedente de la villa catalana de Tremp y pocos meses después entregaba la alquería a la milicia de la villa aragonesa de Calatayud que, finalmente, se la repartieron entre ellos.

Pero tal como reflejan en su trabajo Guinot Rodríguez/Esquilache Martí “… el proceso de colonización no va ser tan sencillo como podría parecer. La gente que recibía posesiones, como botín de guerra en la nueva tierra conquistada, no siempre se queda a habitarla y trabajarla. Al contrario, era muy común que los conquistadores volvieran a sus lugares de origen después de vender las donaciones a otros labradores recién llegados que, de verdad, las trabajarían…”.

La documentación al respecto está bien acreditada gracias a la labor realizada por la Orden del Temple que archivaba, con prolija devoción, cuanto tratado comercial o negocio llevase a cabo. En 1246 la Orden solicitó al rey Jaime I que le devolviera la villa de Russafa, ya que el padre del rey, Pedro el Católico, la había prometido a la congregación templaria en 1211. Pero Russafa ya había sido entrega como reparto, siendo sus tierras mayores que Moncada, así que el rey incluyó en la entrega la alquería de Carpesa, parte del término de Massarrojos y de Benifaraig para compensar la diferencia. Desde ese momento Moncada dejó de ser una población ‘real’ para convertirse en un señorío eclesiástico.

Las familias procedentes de Calatayud mostraron sus reticencias a la nueva compra/venta de la alquería ya que ellos eran sus ‘originales’ propietarios por lo que el rey tuvo que comprar las casa, y las tierras, a las familias establecidas para entregarlas a la Orden. Aunque se produjeron algunas negociaciones de difícil solución, todo quedó resuelto por medio de la coerción y el poder político que manejaba la Orden.

Dado que nos encontramos en pleno período medieval, con todas sus cargas de vasallaje y de fuerte legislación feudal, la Orden buscó rentabilizar los dominios de sus tierras a través de la agricultura (cereales, hortalizas…) y la plantación de viñas. El cultivo de la vid dio paso a excelentes caldos y cellers destacando el del término de Massarrojos.

La Orden del Temple consiguió, para Moncada, que el rey les diera, en 1268, el privilegio para vender sus vinos de forma franca dando paso a una comercialización que vio sus beneficios muy rápidamente. Gracias a los templarios Moncada creció en habitantes distribuyéndose en nuevas viviendas y tierras de cultivo. Poco a poco el núcleo urbano pasó de ser una alquería de modelo musulmán a una ordenación urbana típicamente cristiana. La huella de ese crecimiento social y económico quedó reflejada en la llegada de nuevos pobladores procedentes de la Conca de Barberà y de Lleida, como argumentan los autores “no es por casualidad la presencia de apellidos toponímicos de aquella región donde estaban los principales señoríos feudales de la Orden del Temple”.

Durante aquel período, Moncada fue creciendo como una próspera comunidad rural dejando constancia, hasta la actualidad, de partes de sus logros (distribución de la construcción de casas, regulación de las calles y tierras, legislación jurídica…). En 1283 la Orden logró, gracias a su poderosa influencia, que los pueblos señoriales, como en el caso de Moncada, pudieran constituirse como municipio, formado por un jurado que lo gobernaba colectivamente, asesorados por unos consejeros y ordenado judicialmente por una justicia que actuaba como juez de primera instancia.

El desarrollo social, político y económico de los templarios tuvo en Moncada una excelente plataforma para su organización, dando impulso a la comarca, tan solo falló que la Orden no fue capaz de intuir (pese a su poder político, militar y social) que, casi 24 años después, se vería perseguida y desposeída de sus bienes. Aún así y como dicen los autores del estudio “la gente que vivía en torno a las cien casas que habían al final del siglo [en Mocada] formaban una nueva comunidad vecinal que acababa de nacer y que ha llegado hasta nuestros días”. © Jimmy Entraigües/Hortanoticias

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