La vida libro a libro

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Nunca se consideró un lector compulsivo, siempre le atrajo la letra, sus significados al encadenar palabras. Por eso igual leía una revista de bricolaje en una sala de espera, que la etiqueta de la composición del champú de camomila cuando se ausentaba al baño. Cualquier cosa, en un momento dado, podía resultar interesante.

Leía porque lo hacía desde que tenía uso de razón, al igual que también hacía otras muchas cosas. Pero ya de adulto, cuando uno empieza a asimilar que (igual) no cumplirá todos sus sueños, cuando la realidad en ciertos momentos se torna adversa, cuando las ocupaciones merman nuestros anhelos, él cayó en la cuenta que la lectura era más que nunca un fiel aliado de la evasión. Y así, le producía un grato placer irse a la cama tras leer dos, tres o treinta páginas de la novela que tuviera entre manos. La lectura previa al sueño, puesto que el resto del día se hacía complicado, se convirtió en ese último resquicio para fomentar ese proceso de comunicación introspectivo entre uno mismo; esa comunicación que luego se hace extensiva a los personajes con los que sentimos afinidad y por último, con las personas de nuestro entorno, a la hora de destacar las bondades (o  simplezas) de tal o cual libro.

Siempre escogía su siguiente lectura por críticas o comentarios de programas de radio, revistas o suplementos de lectura en periódicos. Pero un día tras encadenar una buena racha de lectura entre clásicos, novela negra, autores actuales escandinavos, ingleses o latinos, sufrió un lapsus. No era el primero, pero este resultó demasiado largo. No daba con el libro idóneo y cayó en la cuenta que la lectura alteraba su estado de ánimo. Si era buena o muy buena, su actitud en el día a día era igual de positiva, pero en ese impassede no dar con el siguiente libro notaba que su carácter se veía salpicado de manera negativa. Y hete aquí que un pequeño libro, pequeño por su tamaño, no por importancia, de un autor novel cercano, le sacó de esa rutina pasiva en la que se había sumido.

50-03 10.20.01

El autor: Ramón García, hermano de una muy buena amiga suya, Marga García. Su título:  La Memoria Esquiva. Poco más de 200 páginas repletas de recuerdos, de sueños pasados, de lo que era la infancia, del papel que jugaban los abuelos, los padres, la familia, de lo que era el pueblo que luego se convierte en lugar de veraneo, de las cuitas de una saga familiar que bien podría ser la de cualquiera, aunque en este caso, y para honra de los suyos, sea la de los García García… porque todo eso es La Memoria Esquiva. Ramón García narra en esta primera obra, su memoria, la suya, de una manera original y atrevida, porque hay que ser atrevido para contar tu historia sin tapujos. Pero lo hace en un tono dulce y tierno, abriendo las ventanas, dejando pasar la luz, porque la luz también es la razón que mueve este libro. Un libro que invita a cada uno de los lectores a revivir y recuperar sus propios recuerdos, su propia memoria, aquella que por momentos parece olvidada para siempre y que vuelve con fuerza para ponernos en nuestro sitio y recordarnos quienes somos.

Eso es  La Memoria Esquiva, el mejor libro que cayó en sus manos un verano, como éste que dejamos y que permanecía en su estantería desde hacía meses esperando que se decidiera por él, frente al yugo comercial que suele imponer el mercado.

Tras acabarlo le sobrevino otra ‘parada lectora’, pero esta es la propia que imponen los buenos libros que requieren un periodo de ‘duelo’ y reflexión al finalizarlos, como el que se relame tras un último bocado de un exquisito manjar o el que apura una buena copa de vino.

Pere Ferrer
Asesor en comunicación – Colaborador en el blog Comunicación de Resistencia

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