En otoño y en Estocolmo

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Alberto Aparici

El bueno de Alfred Nobel era un hombre retraído, de carácter a veces triste. Políglota, inventor, empresario de éxito y con un punto de hiperactividad, amasó una fortuna en la industria armamentística. Se especializó en explosivos e inventó la dinamita. En 1888 murió en Francia su hermano Ludvig, y un periódico local, creyendo que el fallecido era el propio Alfred, sentenció “El mercader de la muerte ha muerto”. No consta si esto le afectó como para donar, a su muerte, el 94% de su fortuna para premiar a los hombres que más hubieran aportado a las ciencias y las humanidades; hay quien piensa que fue su particular manera de redimirse ante la posteridad. Yo, por mi parte ―fan que es uno de Guillermo de Ockham, che―, prefiero pensar que Alfred Nobel fue simplemente un filántropo pesimista y lleno de contradicciones que creía que el trabajo intelectual podía usarse para el bien, y que eso merecía algún reconocimiento.

En apenas dos semanas, del 7 al 11 de octubre, se harán públicos los galardones que llevan su nombre y que se nutren de los beneficios que aún genera su ingente fortuna. Puntualmente, a ritmo de un premio por día, se anunciarán el Premio Nobel de Fisiología y Medicina, el de Física, el de Química y el de la Paz (el de Literatura aún no tiene fecha y el de Economía, en realidad, fue una invención posterior que no tiene que ver con la última voluntad de Nobel). En otoño. En Estocolmo. Como todos los años, la comunidad científica contendrá la respiración durante unos minutos mientras contemplamos por streaming el anuncio de los anuncios. Herr Nobel, enhorabuena; si lo que pretendía era que su apellido dejara de estar asociado a la lucrativa pero antipática dinamita, prueba superada; si lo que pretendía era dar a los científicos de todo el mundo un fin por el que suspirar, prueba superada.

Pero ¿es cierto eso? ¿Cualquier científico puede aspirar al Nobel? No, la verdad es que no. Para empezar, sólo hay tres premios Nobel de ciencias: física, química, medicina. ¿Matemáticos? Lo siento, no hubo suerte. ¿Biólogos? Bueno, si lo que hacen se puede vender como química o medicina… ¿Ingenieros? Hombre, ustedes ya tienen la pasta; querer también el reconocimiento sería un poco excesivo. El primer error con los Nobel es pensar que si no tienes uno es porque lo que haces no es bueno; la ciencia está llena de trabajos excelentes que nunca se llevarán un Nobel, sencillamente porque no cumplen los requisitos.

No es tan fácil decidir a quién se da un galardón como éste. Nobel dejó escritas en su testamento apenas 300 palabras al respecto, y por eso costó casi cuatro años decidir unas reglas prácticas para otorgarlos. Actualmente éstas incluyen que los premios no se conceden a título póstumo ―imaginen lo que sería empezar a dar Nóbeles honoríficos a Galileo y a Aristóteles― y que se puede dar un premio conjuntamente a varias personas, pero no a más de tres. Otra regla, aunque ésta no escrita, dice que un trabajo teórico sólo puede ser premiado si hay experimentos que lo respaldan. Todas estas normas conllevan alguna pega; comentarios como “este año a Fulanito lo han dejado fuera del Nobel” se oyen año sí y año no. ¿Se debe a que tenían que elegir a tres y después de pensárselo mucho dejaron fuera a éste y a aquél porque su trabajo era menos relevante? ¿O es que el Comité Nobel les tenía manía y eligieron a otros aposta? Difícil de saber. En los Nobel, como en tantas otras cosas, la gente también se queja de los árbitros; y  como en tantas otras cosas, los árbitros a veces se equivocan.

Dentro de dos semanas, como todos los otoños, volverá el circo de los Nobel; haremos quinielas, nos conectaremos a internet a media mañana, un señor empezará a hablar en sueco y nosotros creeremos haber oído un nombre conocido en sus palabras. Porque los Nobel son los Reyes Magos de los científicos. Porque los Nobel, con todos sus defectos, con todas sus polémicas, siguen siendo los Nobel.

Alberto Aparici es Licenciado en Física por la Universitat de València. Actualmente prepara su doctorado en física de partículas y es colaborador del programa La Brújula, de Onda Cero radio. Síguelo en Twitter ( @cienciabrujula) y en Facebook ( La Brújula de la Ciencia).

 

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