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El gran discurso del rey nace de la fuerza de una reina

“¿Ser o no ser? Ese es el dilema. ¿Qué es más digno para el alma, sufrir resignadamente la crueldad de la desgracia o acabar con ella haciéndole frente?”

Un telón cerrado con varios elementos alienados por el suelo como son un teléfono, vasos, tocadiscos, entre otros, componen la primera imagen del Discurso del Rey. Las luces se van apagando desde el fondo de la sala hasta el escenario del teatro Olympia para dar paso a los focos que indican al público a donde debe dirigir la mirada en las próximas dos horas.

El discurso del rey

Un sillón, seis sillas ocupadas por cuatro de los protagonistas que observan a un joven duque de York, encarnado en el actor Adrián Lastra, que se prepara para dar un discurso ante miles de personas en el estadio de Wembley. Ni aparece un estadio ni una gran multitud, sino luces y sonidos que sumergen a los espectadores en uno de los momentos más duros del protagonista.

El escritor y guionista inglés David Seidler es el autor de la obra original que consiguió un Oscar al mejor guión original. Magüi Mira ha llevado al escenario la adaptación de Emilio Hernández con suma delicadeza para contar la vida del segundo en línea de sucesión a la corona en una Gran Bretaña que mantiene las heridas de la Primera Guerra Mundial abiertas. La profunda crisis económica, el ascenso del fascismo en Italia y Hitler en Alemania desequilibran a Europa. Un conflicto de guerra que se entremezclará con los problemas de la familia real.

Las relaciones entre hermanos, padre e hijos y cuñadas carecen de amor, excepto la del rey (Adrián Lastra) y su esposa Isabel Bowes-Lyon (Ana Villa) que transmiten, al mismo tiempo, tanto la complicidad de un matrimonio envidiable como la de dos actores que han conseguido entenderse en el escenario. Pero si se debe coronar a uno de los dos, el  personaje optimista de Villa es el indicado, Bowes-Lyon posee a partes iguales un carácter conquistado por la simpatía y la serenidad. Dos dones que ayudan a que su marido tome el timón de su vida y que aumenta el caché de la obra.

Porque para el duque de York, las fuerzas para seguir con la vida se encuentran en el amor de su mujer.

Porque sin la confianza de una reina, no existe el discurso del rey.

 


 
 
 

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