El día que tuve que hablar en el entierro de mi amiga

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Es el verano una época de descanso (aunque no total para los autónomos como servidor) y de disfrute, pero sobre todo de reflexión. De replantearse si uno quiere volver a vivir las situaciones que ha dejado atrás en los primeros seis meses del año. O, por el contrario, debe replantearse hacia dónde dirigir sus nuevas miras para corregir el rumbo.

En mi caso se clarifica, cada vez más, que quiero seguir ligado al mundo del deporte. Es el que conozco. El que me gusta. Donde tengo amigos. Y, sobre todo, en el que creo. Como dice Ángel Sanz, con él se puede reimaginar el mundo. Y desde luego que, al menos por su parte, lo está consiguiendo y demostrando.

Sin embargo, también me asalta habitualmente un pensamiento: aquel que dice que, en plena era de la comunicación, incluso los deportistas más jóvenes o los más mediáticos acaban tendiendo a cercenar la proximidad con aquellos que les sustentan. Y que, aunque ellos dirán que no son los espectadores los que pagan su sueldo, si no los hubiera nadie vería la tele, que no ingresaría publicidad, por lo que no pagarían derechos por su disciplina y en consecuencia cobrarían como lo hacía la gente en los años 50.

La parábola de hoy surge de una experiencia reciente en un gran evento. Donde una joven selección española se quedó a las puertas de conseguir un objetivo tan grande como volver a unos Juegos Olímpicos. En un partido ante un rival teóricamente superior, no sólo se pusieron por delante sino que en el desenlace contaban con una gran ventaja, que acabó sin embargo neutralizada por la mayor suerte, sangre fría o acierto de sus contrincantes.

Ya he visto, y vivido en casi primera persona, muchas veces esas caras. Esos lloros inconsolables. Ese pensar cómo es posible que no lo haya conseguido cuando he trabajado más duro que nadie para ello, como indican los repetitivos mantras de nuestra era. Y también me he acostumbrado a discernir aquellos perfiles que son importantes per sé en un grupo, los que quieren serlo pero no pueden en los momentos clave y los que aparecen cuando nadie les espera para dar la cara a pesar de tenerla arrasada de lágrimas.

Nunca he jugado una final. Ni siquiera unos cuartos. Nunca fui profesional. Pero, en la vida, pasan cosas más importantes que en el deporte, que no deja de ser un juego donde además casi siempre tienes una nueva oportunidad. Y, sin embargo, en tu día a día a veces esa opción es imposible. No hay nada que hacer. Y punto.

Nunca olvidaré el día que da título a este post. Cuando una amiga de 25 años nos dejó a causa de una complicación tras una en teoría sencilla operación. Era una persona a la que yo tenía mucho afecto, pero siendo realistas nuestra amistad no era tan fuerte como la que podía tener con muchísimas de las personas que fueron a despedirla. Pese a ello, por la cercanía de mi madre con la suya me pidieron que escribiera y leyera unas palabras en la Iglesia. Y yo, que no suelo tener problemas en circunstancias de esta índole, al principio me negué.

Me hicieron entender que había poca gente más que pudiera tener la capacidad de redacción y el aplomo necesario para subirse allí y homenajearla. Y me pidieron de nuevo por favor que lo reconsiderara. Y en ese momento me di cuenta de que era algo que debía hacer. Un acto de responsabilidad. Y, sobre todo, un deber que tenía que cumplir por tratarse del perfil necesario para ello.

No hace falta decir que fue uno de los peores momentos de mi vida. Que me tembló la voz y estuve a punto de llorar varias veces. Y que casi ni fui capaz de levantar la vista del papel. Pero, cuando me senté, todavía nervioso, entendí que aquello era necesario porque había muy pocas cosas que mitigasen el dolor presente.

Por eso nunca comprendo que gente de referencia, a la que siguen cientos o miles de personas y en las que se miran los niños y niñas, se nieguen a hablar tras una derrota. Por muy dura que sea. Porque obviamente no es el mejor momento, pero es ahí donde los aficionados quieres escucharles para darles su apoyo. Y para sentir que, en momentos de dificultad, hay alguien a quien agarrarse.

Al final, el liderazgo es una cuestión de actos. Y estos actos se manifiestan en los momentos de dificultad. Porque, como en todos los ámbitos de la vida, es muy fácil aparecer cuando todo es bonito. Pero cuando de verdad ves quién es quién es en el momento en el que nadie quiere manifestarse.

David Blay |  @davidblaytapia | Periodista | @PasarelaCom y @radio_emprende

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