Ciudadanos (Cs) contra los ciudadanos

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Ciudadanos (Cs) contra los ciudadanos. Así de simple y así de explícito. ¿Porqué? Sencillamente porque aquel que engaña a otro, en definitiva va en su contra.

No parece que este grupo de ilustres políticos que nos hicieron creer a todos los españoles que eran lo mejor de lo mejor se ajusten a aquellos mensajes puros, castos e incorruptibles. Pero llegaron para arrasar con todo lo malo del bipartidismo, de la corrupción, del nacionalismo. Eran los adalides de la regeneración, de la meritocracia, del buen hacer. Llegaron para arreglarlo todo y su líder se aprendió su canción. Era la canción del Pirata. Y la cantaba, la cantaba sin parar. Daba igual que la empezara por el principio, por el final o por en medio; la cuestión era cantarla. Y todos a coro lalala, lalala cual coral eurovisiva acompañaban al majestuoso paladín de culo inquieto y camisa arremangada, por eso de no ser menos.

Ciudadanos. Albert Rivera. Carolina Punset. Javier Nart.

Y todos aquellos que se sentían huérfanos de no saber a quién elegir, si a papa o a mama, si a tirios o troyanos, si a rojos o azules, como bien acuñaba su líder, se decantaban por el naranja. Ese color perfectamente elegido de mezcolanza entre el azul, amarillo y magenta. Oh!, que casualidad, el magenta. Es esa tonalidad anaranjada que adquiere el otoño cuando caen las hojas, cuando se queda el esqueleto, cuando se ve a la perfección lo que hay detrás de un frondoso follaje. Es el otoño, cuando todo cae; es el otoño ciudadano.

Bonito nombre también el elegido por este partido, ¡Ciudadanos! Un término aglutinador, acogedor, protector. Pero ¡Qué vacío! ¿A quién acoge?, ¿A quién aglutina? Solo a aquellos que no discrepan, que se pliegan a las órdenes del líder, que trabajan como ejercito uniformado a las ordenes de un “Señor Lobo” dedicado a su particular “depuración” ayudado por su tropa de hipnotizados palmeros expertos en pantallazos. Es el chivato moderno, el correveidile de la Corte, el soplón en espera de prebendas. Pero no pasa nada, su líder sigue cantando su canción, la canción de la regeneración, la falsa canción cual falsa moneda; aquella canción del pirata de Espronceda que se aprendía uno en el cole, sin mucho pensar.

Pero el tiempo pasa volando y ahora estamos en otras. Ahora resulta que la formación de Rivera tiene otros principios, tiene otros valores. El periplo intelectual de sus anaranjadas y preclaras mentes les ha llevado a concluir que no hay nada como el pensamiento único. Pero, ¡si esto ya estaba inventado!, aunque bien es verdad que en eso de copiar frasecitas

y demás cantinelas se las pintan solos. Y es que eso de la regeneración quedaba muy bien para conseguir votos cuando decidieron conquistar España, pero ahora lo que se impone, es ese “absolutismo regio” más propio de los tiempos de María Castaña.

¿Quién puede creerse a un político que dentro de su formación aplica la censura a las ideas, a las discrepancias o la crítica, y pretenda convertirse en el adalid de la regeneración democrática que necesita este país?

¿Dónde quedó, señor Rivera, aquél discurso de la Conjura del Goya donde, según sus propias palabras, eran bien acogidos todos aquellos que quisieran sumarse a su proyecto vinieran de donde vinieran? Se equivocó, ¿O acaso se trataba de esa política pragmática según la cual el fin justifica los medios? Ahora Ciudadanos ya no quiere a aquellos que sumaban para su objetivo expansionista. Ahora que la imagen del líder y su proyecto está más que puesta en entredicho por las críticas internas de sus afiliados y cargos institucionales, toca redefinir el mensaje, repensar los valores y establecer de nuevo un proyecto político. ¿Serán éstos los últimos cambios, o quizás uno más de los que tienen que venir? Aclárense señores de Ciudadanos, no creo que la ciudadanía y los afiliados de su partido estén dispuestos a observar de nuevo ese movimiento pendular cansino de ahora aquí, ahora allá, ahora ni sé. Aunque bien pensado, la meteórica evolución intelectual de su acción política, pasando del no a la abstención y al sí a Rajoy, mas podría definirse como ese movimiento uniformemente acelerado que estudiábamos en física de COU cuyo ejemplo más paradigmático era la caída libre.

Ciudadanos tenía que abordar la expansión desde Cataluña en base a captar ese voto desencantado de los partidos tradicionales y para ello tuvo que recurrir a un proyecto que ilusionara al electorado, a un mensaje diferenciador de los partidos establecidos. Lo encontró en la Regeneración Democrática; lo adoptó y lo vendió; y lo vendió muy bien. Sin embargo, y por paradójico que parezca, su propio mensaje es lo que le está ahogando por dentro, lo que le está empezando a destruir. Su carácter dictatorial adoptado en el funcionamiento interno no ha hecho más que demostrar, y las denuncias públicas así lo atestiguan, que su imagen pública de partido democrático nada tiene que ver con su modelo de organización. Esta contradicción tan evidente, y que ya no pueden enmendar, está comenzando a desmoronar a la formación naranja. El otoño llegó y las hojas comienzan a caer.

Esta circunstancia parece que les está llevando a adoptar medidas que no hacen más que poner en evidencia su verdadero rostro. La redacción de unos nuevos Estatutos por los que se expulsará a cualquiera que discrepe con el líder, antes que un afianzamiento en el panorama político supone el principio del fin. Ciudadanos creció en afiliación y votos entre otras cosas por su imagen de partido democrático y abierto; lo contrario lo convierte en un partido del montón cuya consecuencia será la pérdida de una gran parte de su electorado.

Ciudadanos ha engañado a los ciudadanos, se ha puesto en su contra. Ciudadanos ha utilizado la Regeneración democrática como un eslogan que le servía de gancho para instalarse en las Instituciones. Ahora que ya están en ellas cambian los Estatutos y hacen de la democracia interna, del debate de ideas y de la tolerancia, borrón y cuenta nueva. No es otra cosa que el cambio de las reglas a mitad del juego.

Ciudadanos se ha convertido en el exponente máximo de los riesgos que corre nuestra democracia por no tener una Ley de Partidos políticos perfectamente definida y lo suficientemente clara que garantice a los españoles que los partidos a los que votan son los que dicen ser y que los políticos que se presentan para ser elegidos, también. Los ciudadanos votan a unas siglas sin saber realmente qué y quienes hay detrás.

La reforma y ampliación de la Ley de Partidos Políticos es una necesidad urgente que los ciudadanos debemos reclamar para eliminar todo este tipo de personajes que llegan a la política legitimados por unas elecciones democráticas pero que carecen de moral y de decencia. No es posible que un partido lleve en su ideario unas propuestas y cuando no le interesa las cambie; no es posible que se establezcan unos estatutos que no se cumplen, y que cuando no sirven a los intereses de las direcciones de los partidos se aprueben otros. Y sobre todo, no es posible que los partidos no tengan un control por ley. No nos olvidemos que de los partidos políticos surgen los representantes que ocupan las instituciones que dirigen nuestro país y por tanto son organizaciones de carácter semipúblico. Lo que no se debería permitir es dejar el funcionamiento interno de los partidos políticos a su libre albedrío como está ocurriendo cada vez con más frecuencia. Ciudadanos con su arbitrariedad nos está dando las claves de lo que no debe de ser un partido y un político. De ahí que la Ley de Partidos deba de reformarse; difícil está que la iniciativa surja de los mismos partidos que conforman el Parlamento, pero si no es así otros cauces deben de abrirse para hacerlo realidad.

Pero digo yo, que Ciudadanos hace bien, que hay que ser así de contundente y además de decirlo, formalizarlo en unos estatutos. ¿Para qué vamos a andarnos con gaitas? Aquí la regeneración de cara a la galería, pero dentro, ni moverse. Y con todo esto me pregunto cómo es posible que lleguen a las instituciones personajes de este calibre; cómo es posible que este tipo de personas sean los que tengan que dirigirnos la vida y aprobar nuestras leyes, y sobre todo, cómo se puede tener la cara tan dura de estafar a los españoles con este partido “regenerador de la democracia”. Muy sencillo, por el desprecio al ciudadano, por el despotismo que ya quisiera ser ilustrado, y sobre todo por el “pilla cacho durante cuatro años que luego ya nos iremos definiendo”.

Esto no es política, ¿O quizás sí? Esto es uno de los mayores fraudes de todos los tiempos bajo el señuelo de la regeneración. Esto es ir en contra de los ciudadanos. Señores de Ciudadanos, ahora que dentro de poco tienen su Congreso Nacional, cambien el nombre de su partido, por favor.

María José Capilla| @mj_capilla | Foro de Opinión Salvador de Madariaga

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